miércoles, agosto 16, 2006

Diga treinta y tres

Después de mirarla durante un rato, de observarla como los gatos que en mitad de la noche elevan las oblicuas pupilas hacia la luna; después de mirarla un rato, digo, dejo el vaso sobre el vidrio de la mesa y estiro la mano, aboliendo así la distancia insalvable que casi siempre existe entre dos personas, entre una persona y un objeto, entre una persona y el mundo, estiro la mano buscando el contacto de su piel fría en invierno, el roce que se convierte en caricia y en algo parecido a la felicidad mientras en alguna parte, en muchas partes, en los días y en las noches que nos circundan, niños sonrientes y tristes apagan velas y piden deseos, algunos un auto a control remoto, otros una mirada y otros apenas un pedazo de pan.

Image Hosted by ImageShack.us

miércoles, agosto 09, 2006

Deja vu

El globo rojo vuela y rebota sobre la vereda, asombrosamente exacto al pasar entre la gente, rebota directo hacia mí, ya dispuesto y pendiente del movimiento del globo y de una niña que estira los brazos ahora vacíos, mirando desde el revés de este espejo que se abre, la niña, el globo y yo dibujando una línea recta, y me inclino lo suficiente para que el globo se pose entre mis manos como un pájaro cansado, la niña callada cuando dejo el globo en el espacio que lo reclama desde sus manos justo un instante antes que comience a llorar.

Globo rojo

martes, agosto 01, 2006

El origen del mundo III

Image Hosted by ImageShack.us

18 de enero
¿Qué lugar es este, donde los habitantes parecen fantasmas, donde las calles están siempre desiertas? Un sudor frío me cubre la frente y parte de la espalda. Creo que tengo algo de fiebre. Pienso en Leonor, en el aroma de los peumos y los litres. Y Leonor otra vez, desnuda sobre la roca, las gotas de agua de la cascada cubriéndola como nieve transparente, abriendo una ventana a otro sitio, a una pintura imposible.

19 de enero
Paso el día metido en cama, ardiendo en fiebre.
A mediodía Leonor subió a verme y estuvo un rato sentada en el borde de la cama, mirando desde lejos los retratos que ya he pintado de ella y que tengo apoyados en la muralla junto a la puerta. Al principio hizo comentarios graciosos acerca de cómo lucía en las telas, de si acaso no me parecía que tenía la nariz muy grande o los ojos demasiado somnolientos. Me hizo reír. Después se levantó y estuvo un rato contemplando fijamente el desnudo que comenzamos a pintar ayer. Volvió a sentarse en la cama y no dijo nada, sólo acercó su mano a la mía y la apretó con delicadeza, sin mirarme. Así estuvimos algunos minutos. Cuando se fue me besó en la frente.
Para almorzar la patrona me trajo una sopa de pollo que me reconfortó y luego se vino a dormir siesta conmigo. Yo estaba en calzoncillos sobre las sábanas en desorden cuando llegó, agobiado por el calor y una especie de pesadilla de duermevela que no logro recordar. Se desvistió para acostarse y comenzó a besarme el cuello, a acariciarme el pecho. La erección, al sentir sus senos contra mi espalda, no se hizo esperar. Cuando comenzó a buscar en el vientre, ansiosa, le dije que no tenía ganas, que me sentía mal. Al principio pareció desconcertada, pero luego se acurrucó contra mi cuerpo sin decir palabra. Supongo que entonces me dormí. Creo que soñé con Leonor, un sueño tranquilo y luminoso.

20 de enero
Hoy me siento mejor y bajé temprano al comedor. La muchacha que me sirvió el desayuno me miró preocupada. Le sonreí y ella respondió de la misma manera, por lo que pude ver que le faltaban varios dientes. Por la mañana la patrona no apareció por ningún sitio y cuando pregunté por ella no me pudieron dar noticias. El comedor estuvo vacío durante todo el tiempo que tardé en tomar una taza de café y engullir tres tostadas con mermelada.
Leonor llegó un poco antes de la hora convenida, radiante y parlanchina. Decidimos repetir el paseo al salto de agua, lo que le provocó una explosión de risa y se ofreció a ayudarme cargando la maleta con pinturas y pinceles. Durante el camino me preguntó si la encontraba demasiado pequeña. La abracé enternecido, besándole la cabeza.
Volvimos tarde, casi de noche. Leonor estaba callada y no quiso acompañarme hasta la pensión. La vi alejarse lentamente, perdiéndose en la penumbra que comenzaba a cubrir las calles de tierra. Respiré profundo, tratando de atrapar un último vestigio de Leonor en el aire, intentando devorarla con los sentidos a pesar de su ausencia. No quedaba nada, de cualquier modo, sólo el polvo que la brisa levantaba para luego depositar sobre los árboles y los techos.
Nuevamente el comedor de la pensión estaba vacío, aunque por el sonido de pasos en la planta superior supuse que los pensionistas estaban en sus cuartos, preparándose para la cena. Me sentía particularmente feliz y subí la escalera saltando algunos peldaños. La puerta de mi habitación estaba abierta y la luz apagada. Me detuve en el umbral y distinguí una silueta sentada en la cama. La luz que venía del pasillo no me permitía ver demasiado, pero deduje que era la patrona.
Comenzó a decir cosas, frases sin sentido acerca de la soledad, de la infancia. También dijo que el aroma del dolor debía ser como el aroma del solvente para pinturas, que se quedaba en la nariz durante mucho tiempo, incluso después que ya no había ningún olor en realidad, como un espejismo. De vez en cuando hacía algún comentario acerca de los dibujos y pinturas que estaban apoyadas contra el muro. Hablaba como si pudiera verlos, a pesar de la oscuridad del cuarto. Alababa una línea en la nariz de Leonor, un brillo particular en sus ojos o lo desarrollada que podía ser una chica a esa edad. Varias veces repitió algo acerca de la belleza que no pude entender del todo, pues hablaba casi en susurros, con la voz cansada, como si hubiese llorado durante mucho tiempo. Yo la escuchaba sin moverme del umbral. Luego de un rato se levantó y pasó por mi lado sin decir nada, apenas rozando mi brazo con su mano. Pasó por mi lado como un fantasma que atraviesa un muro.
Más tarde, durante la cena, esa sensación de irrealidad volvió a hacerse presente. El silencio que llenaba el comedor era tan denso que sólo se oía el ruido de los cubiertos al chocar contra el fondo de los platos. Finalmente esa ausencia de vida que había sentido al recorrer las calles del pueblo se había instalado en la pensión. La única señal de humanidad que pude percibir provino de una de las muchachas del aseo. La descubrí mirándome fijamente, las cejas altas y los ojos bovinos cargados de odio.

21 de enero
Leonor no vino hoy y nadie en la pensión me dirige la palabra. La patrona no está por ningún sitio y la cocinera gorda subió para pedirme que por favor comiera en mi cuarto y que por ningún motivo saliera a la calle. No sé de qué se trata todo esto, pero me pareció que la mujer tenía miedo.
He estado todo el día encerrado, pintando, terminado el desnudo de Leonor que comenzamos en un nuestra primera expedición al salto de agua. Tengo la certeza de haber memorizado cada rincón del cuerpo de la chica. Tengo también la impresión que durante la tarde ella estuvo en mi cuarto, de pie junto a la cama, desnuda, con la piel blanca estremecida por la brisa fría, el cabello lacio y los pezones erectos. Acercó su mano a la mía, invitándome a tocarla, a recorrerla desde el arco del cuello hacia abajo, dibujando la redondez ya desarrollada de su pecho, sintiendo la estática de los invisibles vellos de su vientre. Me parece que cerré los ojos, no lo sé, cuando mi mano bajó hasta su otra sonrisa, cuando la habitación se llenó de luz, de fuego que consumía sus imágenes y me dejaba desnudo y postrado frente a ella. Quizás todo fue un sueño. Siento la cabeza caliente, hirviendo en imágenes. Creo que tengo fiebre, porque al despertar (¿entonces sí fue un sueño?) estaba completamente vestido sobre la cama y tenía la ropa pegada al cuerpo.
De inmediato he cogido la libreta para escribir esto, a oscuras, mientras un gran alboroto se forma en la calle, o en la planta baja, o en la pieza contigua. No sé, no importa. Miro de reojo el libro de Courbet y lo abro donde seguramente tú lo abriste, donde tus ojos se abrieron como estrellas y luego te callaste y te reíste. El comienzo de todo: L’origine du monde. Oigo los pasos que se acercan, en desorden, muchos pasos que parecen subir por una escalera interminable. Junto a los pasos vienen las voces, los gritos, el sonido de la barbarie, de los animales enloquecidos. Luego, detrás de todo esto, vendrá el fuego, Leonor, como en el principio de todo, ahora lo comprendo.

miércoles, julio 26, 2006

El origen del mundo II

Image Hosted by ImageShack.us

15 de enero
El calor no da tregua, aunque a nadie parece importarle aquí en la pensión y prefieren hablar del partido de fútbol que televisaron anoche.
Ayer me acosté temprano, luego de beberme una botella de pésimo vino que me vendió la patrona. Hoy por la mañana salí a recorrer el pueblo con demasiadas expectativas, pensando que quizás en algún recorrido anterior pasé algo por alto. Todo se reduce a diez manzanas de casas bajas, exceptuando la pensión y el edificio del correo, justo al otro lado de la calle, que tienen dos pisos. La pintura de las fachadas está desteñida y los colores, si es que alguna vez los hubo, ya no se reconocen. El espino parece ser el árbol característico de la zona, pues no sólo pueblan todas las aceras –las con pavimento y las de tierra- sino que se pueden distinguir por los costados de los caminos que salen del pueblo. Nada interesante para pintar.
Hay algo curioso que casi olvido anotar: no he visto ningún signo de actividad en los alrededores. Sólo campos yermos rodeados de cercas a punto de caer. También descubrí, por el camino que va al oeste, un sendero que se encumbra hacia los cerros que separan al pueblo de la costa. Durante el almuerzo uno de los pensionistas, un viajante que se dedica a la venta de peines plásticos, mencionó que siguiendo esa ruta se llega a un salto de agua espectacular. Ese es el adjetivo que el viajante usó. Supongo que podría darme una vuelta por esos lados y explorar.
El resto de la tarde lo pasé desnudo sobre la cama, intentando dormir. Leonor avisó por medio de una nota que no podía venir hoy. Hoy no puedo, nos vemos mañana. Besos, Leonor. Estaba escrito con lápiz grafito sobre una esquela rosada. La letra es torpe, parece demasiado infantil. ¿Demasiado infantil? No entiendo que quiero decir con eso. El mensaje me lo entregó la patrona después de almorzar y aprovechó para preguntar si quería otro vino para esta noche. Le dije que sí y sonrió.

16 de enero
En las sábanas ha quedado impregnado el vaho de sudor que rodea a la patrona. Cuando desperté ya se había ido, pero su presencia se hizo casi insoportable al poco tiempo de estar consciente. Tuve que saltar de la cama para abrir las ventanas y dejar que la brisa caliente limpiara el aire. Por alguna razón no quiero que el olor de la patrona persista hasta que llegue Leonor. Luego de beber un café bien cargado en el comedor vuelvo a mi cuarto para disponer del atril, los tubos de óleo y los pinceles. No vi a la patrona, pero una de las muchachas de la limpieza pasó junto a mi mesa y me sonrió, cómplice.
Leonor llegó más tarde de lo acordado, pasado el mediodía. Llegó como un vendaval contándome atropelladamente de un paseo a la playa que había dado ayer con sus hermanos, emocionada porque se habían quedado hasta el atardecer y el horizonte se había incendiado de un rojo tan intenso que incluso había sentido miedo. Mientras ordeno los materiales y corro la cortina para que entre más luz, Leonor no para de hablar y hojea, inquieta, algunos libros de pintura que tengo sobre la mesita de noche. Cuando ya está todo listo la miro, sin animarme a interrumpir su monólogo, entretenido con los guiños que, involuntariamente, hace con la nariz cuando algo le parece divertido.
De pronto se calla y me mira, ausente. Parece casi al borde del llanto cuando estalla en una carcajada. Las mejillas se colorean de rubor y baja la mirada como si la hubiese sorprendido en algo malo. Luego cierra el libro de golpe y me dice que cuándo empezamos, que tiene que volver a almorzar a su casa. Me acerco, la tomo de la mano hasta sentarla en una silla junto a la ventana, donde la luz del sol hace resplandecer los pequeños vellos de su cara. Te ves linda, le digo, y ella sonríe. Comienzo a dibujar el rostro de Leonor sobre la tela, con sólo un trazo defino su pequeña nariz respingada, esbozo con pequeños puntos las pecas de las mejillas, busco el brillo de sus ojos con la opacidad del grafito. Los ojos son verdes, aunque dependiendo de la luz a veces parecen grises.
La primera pincelada es, como siempre, la más difícil. Esta vez comienzo con el contorno del hombro y me detengo en la curva del cuello. Leonor me mira, las pupilas dilatadas y la respiración intranquila. Me mira de una forma nueva, y la segunda pincelada se vuelve más difícil que la primera, un trazo enrojecido que completa la línea del mentón hasta la sien izquierda. La imitación de Leonor va apareciendo en la tela poco a poco, como el comienzo de una oración, un grito desgarrado, una súplica: todo al mismo tiempo.
Una hora y media más tarde Leonor se despide con un beso en la mejilla y me deja solo en el cuarto, con el olor a solvente, con la tela que se termina de secar en un rincón, vacío de mi mismo, particularmente exhausto. Me tiendo en la cama sabiendo que con el calor será imposible dormir. Giro la cabeza hacia la mesita de noche y entonces noto que el libro que estaba hojeando Leonor era de Courbet.

17 de enero
He soñado con la patrona. Está junto a mi cama, enfundada en el horrible delantal de diario, con los labios pintados de un rojo encendido. Siento una mezcla de fascinación y miedo ante esa imagen que de pronto me recuerda a una acuarela de Schiele, y en el estómago tengo un frío que quema. Camina hacia mí, despojándose lentamente de su vestidura, mostrando sus senos redondos y firmes, sus pezones demasiado pequeños, casi como lunares en mitad de los pechos. Me mira con condescendencia, casi con lástima. Por la puerta del cuarto entran las muchachas de la limpieza, con los cabellos sueltos ondeando al viento, desnudas, exhibiendo sin pudor sus cuerpos raquíticos, sus senos caídos, sus piernas casi sin carne, sólo hueso y pellejo, más demonios del austriaco enloquecido. Las muchachas se acercan a la patrona y la ayudan a quitarse la túnica –porque de pronto tiene una túnica de seda amarrada a la cintura-, arrodillándose junto a ella, acariciando sus muslos abundantes y sus caderas, tocando la piel lisa del trasero con las puntas de los dedos. Sólo entonces la veo completamente, la descubro, mudo. Un estambre de negro cabello que nace un poco más abajo del ombligo y se va haciendo cada vez más abundante hasta perderse en la entrepierna. Trato de moverme, de huir, pero no puedo. Ya la patrona está montada sobre mi, sonriendo, el rostro rígido como una estatua. Y sobre mi falo erecto se cierne un bosque de pelos que parecen separados de la mujer, como un parásito que la utiliza de huésped. Un momento antes que me devore despierto bañado en sudor. Aún era de noche.
Caminé hacia la ventana, excitado. Contemplé la oscuridad de las calles y la claridad con la que las estrellas dibujaban secretos mapas en el cielo, sin poder calmarme del todo. Cerré los ojos, invocando la imagen del sueño, y me metí la mano bajo el calzoncillo. Luego salí del cuarto y me escabullí por el pasillo hasta el cuarto de la patrona. La puerta estaba sin llave y entré. La oscuridad era casi completa, sólo un delgado haz de luz se colaba entre las cortinas. Adiviné la posición de la cama por la respiración. Mientras me acercaba podía sentir como esa respiración se agitaba cada vez más, podía casi imaginar el movimiento de fuelle de su pecho. La mujer estaba desnuda y puso resistencia al sentir mis manos en su cintura: me arañó los brazos y el pecho. Cuando la penetré dejó escapar un débil gemido y luego sentí sus piernas rodeando mi cintura.
Leonor vino a mediodía y le dije que no tendríamos sesión porque no me sentía bien. Como ella se puso triste le prometí que, si quería, mañana podríamos dar un paseo al salto de agua. Ella se puso a reír y se fue cantando por la calle. Después de almuerzo, adolorido por la noche en vela, me fui a dormir la siesta. Con los ojos cerrados oí el ruido de la puerta que se abría. Olí el sudor de la patrona, el sonido que hacía al desvestirse, el movimiento de la cama mientras se tendía junto a mí, mientras su mano buscaba en mi vientre y comenzaba con el rito, mientras me exploraba con la boca entreabierta. Con los ojos cerrados me dejé llevar, una y otra vez, entre sus piernas.
Desperté a casi a la hora de la cena, solo en la cama.

lunes, julio 24, 2006

El origen del mundo I

Image Hosted by ImageShack.us


13 de enero
Luego de una semana de indecisión, hoy comencé a pintar. La chica que me sirve de modelo, Leonor, ya se ha ido y el calor del cuarto es sofocante.
Miro por la ventana hacia la calle de tierra que me separa de los demás como un pequeño desierto, hacia las aceras apenas sombreadas por los espinos, caricaturas raquíticas de árboles de verdad. Respiro profundo, me deleito con el aroma a solvente que tanto molesta a la dueña de la pensión, una amable mujer que lleva la casa con la ayuda de dos muchachas jóvenes que se encargan del aseo y una gorda que nunca sale de la cocina.
La patrona debe haber pasado hace poco los cincuenta y a veces, cuando camina entre las mesas durante el almuerzo, deja una estela casi imperceptible de sudor. Por la noche se instala en la sala a ver televisión con los pensionistas, bien vestida –es un decir- y maquillada. La primera vez que la vi arreglada me sorprendí y hasta me pareció guapa. Creo que fue la tercera o cuarta noche desde que había llegado al pueblo. La sorpresa se justifica, de cualquier modo, porque durante el día se envuelve con una especie de delantal raído y lleno de manchas que le da un aspecto desagradable. Algo tiene en esos momentos que me recuerda a un viejo grabado que vi de niño, donde aparecía un grupo de cortesanas romanas en un festín y al costado, casi fuera del encuadre de la lámina, un par de gordas alcahuetas ataviadas con un trozo de tela que les rodea el cuerpo. Mecanismos de la memoria.

14 de enero
Ayer terminé sin problemas un retrato de Leonor y dejé a medio camino otro. La chica estaba muy emocionada por servir como modelo y se reía todo el tiempo, mientras desde detrás de la tela yo iba inventándole anécdotas para que se relajara. Quedamos en que vendría diariamente por un par de horas y que yo la pintaría en diferentes actitudes. Es linda la chica, y se lo he dicho.
Hoy vino vestida con una camiseta blanca y una falda verde que le llegaba bajo las rodillas. Su rostro es redondo con una pequeña nariz respingada, rodeada de pecas, al centro. El pelo, liso y oscuro, cae sobre sus hombros redondos cubiertos con diminutas perlas de sudor. Tiene una risa clara, y cuando uno la mira directo a los ojos se ruboriza.
Casi toda la sesión de hoy la dedicamos al segundo retrato. Cuando ya terminábamos, uno de los tirantes de su camiseta se deslizó desde su hombro hasta la mitad del brazo. El nacimiento redondo de su seno derecho quedó al descubierto durante un momento. Pude ver la piel más blanca en ese lugar, y un pequeño lunar que quizás anunciaba la proximidad del pezón. Cuando se dio cuenta de la dirección de mi mirada, con ambas manos se cubrió hasta el cuello. Le dije que había pintado desnudos muchas veces, que no se inquietara. Ella seguía mirándome sin decir nada, hasta que de pronto saltó de la silla y salió corriendo del cuarto sin despedirse.
Pienso en Leonor durante toda la tarde, vuelvo una y otra vez al pliegue de la axila desde donde se iniciaba la curva de su pecho. Miro el retrato que quedó sin terminar, definitivamente excitado. Puedo imaginar a Leonor desnuda, una estampa que es la suma de todos las cuerpos que he visto en mi vida, en definitiva no el cuerpo de Leonor sino cualquier otro con la cara sobrepuesta de la chica. Cierro los ojos y dejo que la imaginación haga el resto, ahogando un gemido de placer cuando la ansiedad es liberada.

martes, julio 18, 2006

SangredeperroS (inicio)

Image Hosted by ImageShack.us“A la muchedumbre no podría enumerarla ni nombrarla, aunque tuviera diez lenguas, diez bocas, voz infatigable y corazón de bronce...”

Homero,
Iliada, rapsodia II.


Mirar a través de la bruma que se desliza sobre el agua tranquila de la bahía, una especie de gimnasia mental; tratar de sobreponer imágenes y recuerdos y sentir como un nudo en la boca del estómago, un malestar nuevo, como si algo estuviese a punto de suceder. Oscar fuma su cigarro con ganas, mira el humo que baja a mezclarse con la bruma. Como si algo fuese a suceder, es tan terrible sentir esto, piensa, mientras Julia se pasea con indiferencia por la habitación, mientras la oigo ducharse por las mañanas, antes de partir al aeropuerto. El malecón parece vacío de punta a cabo. Oscar mira la vereda de piedras coloniales, la calle y al otro lado los portales. Figuras oscuras se mueven entre las sombras, seguramente niños. ¿Y si no fueran niños? Hay tantas cosas que no sabremos, amor, tantas criaturas ocultas en las sombras. Los añosos portales de la ciudad vieja se descascaran sobre las aceras de piedra, a lo lejos un sonido de barco, desde el Castillo la luz del faro que ilumina el horizonte, las callejuelas del Barrio Viejo que desembocan en el malecón tienen vidas distintas, desbarrancan por las noches y los amaneceres. El asombro, el conocer poco a poco la respiración fatigada de la ciudad, los recovecos del silencio y el olvido. En algún lugar estará Moucheboeuf fumando un cigarro, anotando cosas en un papel arrugado y viejo. Un espejo, piensa Oscar sentado sobre el malecón, también fumando, también buscando un espejo que le traiga de vuelta la imagen de hombre solo y expectante. Y tal vez eso era lo peor, la espera, el saber que inevitablemente las cosas se nos vienen encima como avalanchas y nunca hay mucho que hacer, siempre reaccionar de la mejor manera posible. Eso que se llamaba mejor manera posible nunca era tal, de cualquier modo, y siempre ir a tropezones, unos más acertados que otros. Los espejos, pensaba Oscar mientras una muchacha y su novio se acercaban caminando desde el norte, la chica con una minifalda anaranjada y una polera que casi mostraba el nacimiento de los senos, el muchacho con una camisa amarilla y larga y pantalones de pana, arrastrando una bicicleta vieja que rechinaba un poco al avanzar. Los miró pasar junto a él y los siguió con la mirada durante un tiempo, los vio hacerse pequeñitos y desaparecer para el lado menos iluminado, hacia la estacion de trenes y el puerto, las bodegas. Pensó -creyó que era así, una impresión vaga- que al muchacho le brillaban los ojos y que la chica tenía el rostro ligeramente sonrosado. Qué va a ser, se dijo Oscar lanzando lejos la colilla del cigarro casi desarmada entre los dedos y encendiendo de inmediato otro cigarro que se encargó de denunciar la boca seca. La ciudad parecía tan lejos, a veces, y era como un cuadro, como un libro, como una mosca parada sobre una aguja. Otros hubiesen dicho un ángel, se dijo, otros hubiesen utilizado otras palabras, otras imágenes, buscarían otras cosas tan distintas. ¿Qué es lo que buscaba Oscar, sentado sobre el borde del malecón, aspirando con avidez un cigarro de tabaco rubio? No lo sabía y tal vez no le importaba, de alguna manera era la inercia matizada de escepticismo, el saber -casi una certeza dolorosa, cicatriz en carne viva- que cualquier cosa era imposible: Julia era imposible, de partida, y la lejanía, el abandonar la tierra templada con estaciones obedientes para caer en un trópico rebelde y antojadizo. Pero en ese momento la decisión pasaba por otras razones, se justificó con descaro, con el querer apartarse de los círculos demasiado conocidos, demasiado caminados, el barro hasta las rodillas. No era tan así tampoco, pues lo primero que de alguna manera le había golpeado de San Cristóbal no fue la humedad o el calor o los mosquitos sino la repetición de los rituales. Tal vez otros nombres, otras calles, otras muertes, y aún así los ritos -los holocaustos secretos, los sacrificios a dioses más personales que colectivos- parecían ser los mismos. Pero esa pequeña proporción de duda que arbitrariamente incluía dentro del hilo de la reflexión no era más que un escondite, un quitarle el cuerpo a la certeza y con ella también a la costumbre, a la rutina de las mañanas en la Agencia de Prensa. La lejanía, había pensado un rato atrás, balanceándose sobre la muralla de piedra del malecón, sintiendo el agua mansa a su espalda -pero eso era aquí, pues seguramente a la altura del túnel y luego hacia el norte, hacia Paseo y quizás más allá, las olas estarían rompiendo con fuerza-, la bruma que se disipaba en la noche, la bocina grave de un remolcador que hacía su ruta de entrada al puerto. La imposible lejanía, se dijo y aspiró el cigarro hasta que el humo le picó en la nariz, ya casi decidido a salir a la Plaza de Armas y luego seguir por Obispo hasta La lluvia de Oro y Moucheboeuf, que estaría sentado en mitad del bar con una cerveza tibia al frente. Pero había tanto que decir, aún, y esa sensación extraña, esa especie de indefinida premonición.

viernes, julio 14, 2006

Medias para señoritas importadas III

Image Hosted by ImageShack.us

- ¿Estás de vacaciones? -pregunta la muchacha mientras se acerca a la ventana que mira hacia San Lázaro.
Oscar abre los ojos con dificultad. La habitación en penumbras gira alrededor de la cama. Trata de fijar la vista en la muchacha junto a la ventana, asomando los ojos por las rendijas de las persianas de madera, girando con lentitud el pasador para dejar entrar la luz del sol y una bocanada de aire caliente y con olor a café.
- Es un crimen lo que haces -rezonga Oscar cubriéndose la cara con la almohada.
La muchacha sonríe y asoma la mitad del cuerpo hacia la calle.
- Las personas se ven pequeñitas desde aquí -dice.
Una sensación de calor sube por el esófago de Oscar. Consigue resistir una primera embestida pero la segunda resulta fatal. Apenas tiene tiempo de saltar de la cama y correr los tres pasos que lo separan de la puerta del baño para vomitar dentro del excusado. Durante unos minutos se queda hincado de rodillas sobre el piso de baldosas rojas. El mareo lentamente desaparece. Se pone de pie y busca a tientas el botón para liberar el agua del estanque. Lo presiona y no sucede nada.
- No hay agua -grita.
La muchacha aparece en el umbral.
- Estás hecho un desastre -dice meneando la cabeza.
Oscar permanece de pie frente al excusado, sin abrir los ojos, apretando inútilmente el botón de desagüe.
- Ahí puse un poco de agua hace un rato -agrega la muchacha-, en ese balde que está en la ducha.
La muchacha desaparece. Oscar mira hacia el umbral vacío y luego se acerca al balde con agua. Sumerge la cabeza en él. Se levanta y deja que el agua le escurra por la espalda. Se mira sin mucha atención en el espejo y vuelve al dormitorio. La muchacha está asomada por la ventana.
- Tengo que irme -dice sin mirarlo.
Oscar enciende el ventilador que hay sobre la mesita de noche y se sienta en el borde de la cama.
- ¿Tienes algo que hacer? -pregunta.
La muchacha se aparta de la ventana y se arregla la falda. Lo mira y sonríe.
- Voy a comprarme medias -responde.
Camina hacia la cama y se detiene junto a Oscar, que mira detenidamente las gotas que caen de su cabeza para formar un charco sobre las baldosas.
- Son cuarenta -dice la muchacha.
Oscar levanta la mirada, recorre los muslos, la falda, la camiseta gris, los mínimos senos, el cuello, la sonrisa, los ojos, el cabello tomado en la nuca. Es casi una niña, piensa. Luego estira la mano hacia la mesa de noche y toma la billetera. Saca dos billetes de diez y uno de veinte. La muchacha los coge y los cuenta sin dejar de sonreír.
- ¿Estás de vacaciones? -pregunta.
La ventana abierta, el aire caliente y el olor a café. El sol reflejándose en las baldosas del piso.
- No -responde Oscar e intenta sonreír.
Una nueva arcada le sacude el vientre. Aparta a la muchacha para llegar al baño. Se sienta en el piso, frente al excusado, luego de vomitar. Apoya la cabeza en la pared y cierra los ojos esperando oír el ruido de la puerta al cerrarse.
(La imagen que encabeza el relato es de autoría del fotógrafo Marco Paoluzzo)

miércoles, julio 12, 2006

Medias para señoritas importadas II

Image Hosted by ImageShack.us



Ahora si es tarde, piensa Oscar. Avanza por las callejuelas del barrio viejo decidido a caminar hasta el apartamento que ha alquilado. El recorrido no es largo: por Obispo hasta la manzana de Gómez, cruzar el Parque Central hasta el Hotel Inglaterra, meterse por San Lázaro, dos calles, tres pisos, una puerta azul. La botella con un poco de ron en la mano. Un grupo de mujeres camina unos metros más adelante. Ríen con fuerza y se dan empujones unas a otras. Oscar las alcanza. De reojo mira sus caras. Las ojeras las delatan, una excavación violeta bajo los ojos.
Oscar se detiene frente a la demolición que hay en la esquina de Obispo y Cuba. Trozos de sanitarios y gruesos cables desparramados entre columnas y piedras blancas. Un par de hombres duermen junto a una estatua de aspecto griego. Oscar destapa la botella y bebe un último trago. ­Deja la botella vacía junto a un montón de escombros. El grupo de mujeres se ha adelantado, ya no puede verlas. Sigue recto por Obispo. Mira hacia el interior de los bares. Horario continuado, una noche permanente circulando entre las mesas. Un hombre duerme junto a un vaso de cerveza bajo la mirada indiferente del garzón. Un hombre sospechosamente parecido al otro que dejó varias calles atrás, sobre una mesa plástica con vista a una plaza. Todos los borrachos se parecen, piensa Oscar.
Las calles vacías, el asfalto húmedo cubriendo los adoquines y el calor. Oscar camina con paso lento, nunca completamente borracho. Todas las tiendas cerradas. Una droguería, la vitrina repleta de frascos de color marrón con pequeñas etiquetas blancas. Oscar se detiene frente a los frascos, la mirada fija en un punto más allá de la vitrina. Un hombre pasa a su lado montado en un carro a pedales. Le grita algo. Oscar no alcanza a entender. Lo ve alejarse, doblar en una esquina, desaparecer. Otra vez la vitrina. Los frascos alineados uno junto a otro, las etiquetas indescifrables. Otra noche, otro lugar, piensa Oscar y se aleja, vuelve a sus pasos sobre el asfalto húmedo.
La gente reaparece antes de llegar al Parque Central. Los taxis se amontonan en la calle. Las mujeres que vio antes están sentadas junto a los automóviles, conversan con los conductores. Un murmullo se extiende desde ellos. Oscar busca dónde sentarse. Finalmente opta por el frontis de una librería cerrada. Al otro lado de la calle hay un restaurante de comida italiana. En la esquina está el lugar donde Hemingway venía a emborracharse. Apoya la cabeza contra la reja de la librería. Entonces la ve, casi una niña. La muchacha está de pie en la esquina.
(La imagen que encabeza el relato es de autoría del fotógrafo Marco Paoluzzo)

lunes, julio 10, 2006

Medias para señoritas importadas I

Image Hosted by ImageShack.us


¿Y estás muy triste de amor,
Galán cobarde y sin seso?
Amor menguado, no es eso:
Amor cuerdo no es amor.

“Dolora Griega”,

José Martí.



La muchacha está de pie en la esquina. Una falda corta y ceñida a los muslos, una camiseta gris. No lleva sostenes. Los pezones sobresalen de la superficie redonda de los senos. Es casi una niña, piensa Oscar sentado en una de las mesas que hay dispuestas fuera del bar, frente a la plaza. Una mesa plástica de color verde y encima una botella de cerveza. En la etiqueta de la botella puede distinguirse el perfil de un indio. Oscar se lleva la botella a los labios. El calor. No muy lejos se oye el sonido de una ola que revienta contra el malecón.
Los músicos ya han dejado de tocar. Un par de acordes parecen flotar en el aire, sobre el murmullo. La plaza está repleta de gente. En la mesa de la izquierda un gordo de piel rosada y pelo muy corto y rubio le mete mano a una negra que ríe mostrando todos los dientes. En la mesa de la derecha tres mujeres esperan clientes. Son mayores que la muchacha. Oscar pide otra cerveza. El garzón se aleja con paso lento. Un negro enorme metido dentro de unos pantalones también negros y una camisa que le queda chica. Una corbata de moño al cuello. Con este calor, piensa Oscar. Mira hacia la esquina. Un grupo de gente le impide ver a la muchacha. Lo más seguro es que se ha ido, un cliente o quizás puro cansancio.
Cierra los ojos. Cierra los ojos y respira profundo. Oye los pasos que se acercan y el sonido de la botella contra la mesa. Un ruido sordo, casi inaudible. La sombra del garzón. Abre los ojos. El negro se ve más grande parado junto a la mesa.
- ¿No va a comer nada? -pregunta sin mirarlo.
- No lo creo -responde Oscar.
El negro suspira mirando hacia la oscuridad donde puede adivinarse la línea de la bahía.
- Lleva toda la noche bebiendo -dice el negro como si le hablase al aire.
Oscar asiente con un movimiento de cabeza.
- Todo el día -aclara.
El negro sonríe. Saca un destapador del bolsillo y abre la botella de cerveza. Se queda de pie, las manos apoyadas en el respaldo de una de las sillas.
- ¿Los músicos ya no vuelven? -pregunta Oscar por decir algo.
- No, ahora tocan en otro lugar.
El negro continúa quieto, la mirada perdida en dirección al mar.
- Qué calor -dice Oscar.
El negro lo mira y vuelve a sonreír.
- Debería estar aquí en agosto.
Se aleja con paso lento. Antes de entrar al bar se detiene en una mesa donde un hombre se ha dormido junto a un vaso de ron. Le toca el hombro, lo sacude. El hombre no despierta. El negro suspira, mira hacia la bahía, da media vuelta y entra en el bar.
El hombre gordo se ríe a carcajadas, salpica la mesa con saliva. La negra también se ríe pero más tranquila. Una risa estudiada. Las mujeres de la derecha no beben nada. Permanecen sentadas, esperando. De pronto llega un muchacho y les hace una seña. Dos de las mujeres se levantan y siguen al chico sin alcanzarlo nunca. Desaparecen tras la esquina del malecón. La otra mujer juega con un lápiz labial. Hace dibujos sobre la mesa sin quitarle la tapa.
La muchacha está de pie en la esquina. Oscar la mira mientras termina la cerveza. El gordo de la mesa de junto casi revienta de risa. La negra le tiene la mano sobre el muslo, muy cerca de la ingle. El gordo se pone cada vez más rosado, la camisa blanca empapada de sudor. Va a reventar, piensa Oscar. La muchacha continúa en la esquina. No hace gestos, no sonríe a los turistas que pasan junto a ella. Cualquiera de los muchachos que pasean en bicicleta por la plaza podría ser su novio. Oscar baja los ojos. La mesa de plástico verde, la botella vacía, la borrachera arrastrada durante días. Mira hacia la esquina nuevamente, pero la muchacha ya no está. Levanta la mano y espera que el garzón negro llegue junto a la mesa.
- Un vaso de ron -dice Oscar.
El negro mira hacia la bahía.
- Está borracho -dice.
Oscar asiente con un movimiento de cabeza.
- Entonces que sea una botella -corrige.
El negro lo mira y sonríe. Da media vuelta y camina hacia el interior del bar. Se detiene un momento junto al hombre que duerme pero esta vez se limita a mirarlo. El negro desaparece en la entrada del bar.
(La imagen que encabeza el relato es de autoría del fotógrafo Marco Paoluzzo)

lunes, junio 26, 2006

Casa abandonada

El baño convertido en marisma
en cueva de cocodrilos y salamandras
dulce olor de flores muertas
y el cadáver que se pudre flotando
sumiso
en la tina
¿Hay algo más terrible que el paisaje oscuro de la boca del lobo?
La humedad ha trepado por las paredes
como legiones de escarabajos verdes
la lepra de los muros cae como nieve
en silencio
Desde la habitación huelo la sangre que se seca
impasible junto a la telaraña del espejo
desde la habitación oigo los pasos invisibles de los tigres que se acercan
su cadencia de junco y viento
la espera dibujada como rayas negras sobre el lomo
y el atardecer que ya olvidamos
en el circulo incompleto que dibujas
con tu cuerpo
en el agua oxidada que escapa por debajo de mi puerta.

miércoles, mayo 31, 2006

Les feuilles mortes II


18 de julio
Luciano y yo hemos pasado la noche en el departamento de las francesas, Luciano en el cuarto con una de ellas y yo envuelto en un saco de dormir en el piso de la sala. Casi no dormí. Temprano en la mañana apareció una de las muchachas, la más alta, y me ofreció una taza de café. Le pregunté cómo había pasado la noche.
- Follando –me dijo.
Más tarde ayudé a Luciano a montar el puesto de pinturas en la plaza y me quedé con él casi todo el día. Está de buen humor. Me habla de los incendios que asolan Portugal y me dice que en Europa los viejos caen muertos como moscas a causa del calor. De vez en cuando alguien se acerca a preguntar por las pinturas, acrílicos que dibujan a fuerza de espátula muros de adobe y oleaje que revienta en un imaginario litoral.
Luciano es un tipo grande, más que yo sin duda, macizo, de espalda ancha, y luce una tupida barba en la que ya asoman no pocas canas. Podría decirse que a causa de su tamaño y contextura, que bien podría confundirse con la de un leñador en un bosque de secoyas gigantes, resulta intimidante pero no es así. Hay algo en su manera de mirar y de hablar que lo sitúa más cerca del que le oye, que de alguna manera envuelve y elimina cualquier temor. Gracias a él las chicas francesas han aceptado que me aloje en el departamento por un tiempo. Gracias a él, también, es que dispongo de algún dinero cuando me encuentro necesitado y sin un peso. Como he dicho antes: Luciano es más grande –más alto, más fornido- que yo y también tiene más edad. Debe estar ya por los cincuenta o cincuentitrés, no lo sé y nunca le he preguntado. En la explanada que hay frente al edificio de correos la gente se iba congregando, curiosa y risueña, para mirar la rutina de un mimo que se dedica a ridiculizar a los transeúntes que atraviesan su radio de acción.
Me paso la mañana leyendo Diario del año de la Peste, de Defoe, único libro que ahora poseo y que compré por quinientos pesos a un librero que se instaló cerca del metro Los Héroes, y fumando reclinado sobre un incómodo banco de madera que Luciano dispone para sus ocasionales acompañantes, adivinando las miradas que me dirigía desde sus ojos oscuros, desde su rostro cuadrado enmarcado por la barba y el cabello largo y desordenado. A veces, también, me ponía a mirar sus pinturas, los álamos en un segundo o tercer plano, la cordillera nevada casi fundida con el cielo, el tono metálico del mar que rompe, invariablemente, en la misma playa solitaria. Una suerte de espejos, pienso o recuerdo haber pensado en el momento, de especular devolución. De vez en cuando alguno de los dos decía algo, casi siempre Luciano era el que hablaba y yo me limitaba a responder brevemente.
- Las chicas esas son estupendas –decía, por ejemplo, o: Un día de estos te vienes a mi taller para que veas otra cosa, no esta mierda de paisajes que la gente compra como arte.
Yo sonreía, sin importar que esa invitación, repetida en incontables ocasiones, nunca se concretase, sin importar su ingenuidad al decir que la gente compraba sus pinturas como arte cuando en realidad los compraban como adornos más o menos feos para sus salas y comedores. Más allá, sobre las escalinatas de la catedral, sobre la muchedumbre que celebraba las payasadas del mimo, un grupo de mujeres rigurosamente vestidas de negro levantaba las fotografías de sus familiares desaparecidos.
- Este es un país sin historia –dijo Luciano luego de seguir la dirección de mi mirada-, es decir: este no es un país. Aquí la gente no se mira a los ojos, tienen algo como un miedo subterráneo que les impide mirarse al espejo. Nadie conoce los ojos del otro, somos como un país de ciegos pero peor. Ni siquiera podemos convertirnos en nuestro propio oráculo pues, como sabrás, cualquier vidente que se digne de tal debe ser completamente ciego.
Y se reía con ganas, divertido con la mención del vidente que, a mi parecer, era bastante notable aunque demasiado visitada. Nada de esto se lo dije, por supuesto, y le sonreí reiterando mi interés en el incendiario verano europeo.

19 de julio

Una de las francesas se llama Agathe y la otra Aude.
La primera de ellas, Agathe, es quien la otra noche durmió con Luciano, situación que se viene reiterando, por lo que me contó ayer el mismo Luciano, desde hace más o menos un mes. Ella es flaca y desgarbada, estudió Educación Diferencial pero se dedica al malabarismo en la ciudad de Lille, una suerte de capital del circo en Francia y su ciudad adoptiva, pues ella nació en Bourdeaux. Como malabarista, su especialidad son las pelotas para hacer sus trucos y es bastante buena: puede mantener hasta cinco pelotas en el aire. También practica por las tardes con un sombrero hongo, que se ha comprado en una tienda de Rosas con Veintiuno de mayo. Hasta ahora parece haber progresado bastante, pues ya puede hacerlo rodar de una mano a la otra, recorriendo los brazos y pasando, no sé cómo, sobre sus hombros. Agathe es blanca, pecosa y rubia. Creo que tiene los ojos verdes y el poco español que conoce está relacionado con la jerga incompresible de los malabaristas. Tiene un novio en Bélgica, que la acompañó hasta Brasil, antes de venir a Chile. A ella no parece importarle demasiado, y parece que a Luciano tampoco. Agathe no va al cine, no le gusta leer y son muy pocos los temas que tenemos en común.
Aude es pequeña y menuda, el pelo ensortijado y castaño oscuro y tiene la piel bronceada. También es pecosa y definitivamente más linda que Agathe. Tiene una mirada vivaz y sus silencios tienen más que ver con eso, con el silencio, que con su desconocimiento del idioma: Aude habla el español razonablemente bien para alguien que lo practica desde hace sólo tres meses.
Ambas fueron compañeras en la universidad y la una arrastró a la otra –Agathe a Aude, se entiende- a este periplo latinoamericano que comenzó en un encuentro de malabarismo en Río de Janeiro para luego viajar a Sao Paulo, donde Agathe se despidió de su novio, llamado Ettienne y que, al parecer, es uno de los mejores malabaristas de Europa. Después siguió una feria en Buenos Aires, en un baldío cercano al aeropuerto donde el barro les llegaba hasta las rodillas, y un encuentro en Chile, siempre siguiendo a la trouppe de malabaristas europeos y latinoamericanos, en una parcela en Pirque (el mejor de todos los festivales, me dice Agathe escogiendo muy bien las palabras). Ahora esperan por una amiga que debe llegar a mediados de agosto para viajar juntas hasta Chiloé, donde se realizará la siguiente feria de malabaristas. De lo que he escuchado, la amiga parece ser una escocesa que conocieron en Buenos Aires y se dedica a la fotografía o al cine, punto que no he podido aclarar pero que, a la larga, no tiene mucha importancia.
La tarde de ayer y la de hoy la pasé fumando y tomando café junto a la ventana del departamento, concentrado en la forma en que los tejados van dibujando horizontes diagonales bajo el cielo. También ayude a Agathe con algunas observaciones respecto a sus trucos con el sombrero que, al parecer, le fueron de mucha ayuda y agradeció sinceramente. Aude no estuvo ayer por la tarde ni hoy por la mañana y, según lo que me explicó su compañera (o lo que pude entender de su explicación), no pasa mucho tiempo en el departamento y se dedica a recorrer la ciudad y conocer todo lo que pueda ayudada por su handbook y su español terrible.
Pero antes de anochecer Aude volvió con una bolsa de naranjas, otra de manzanas y un par de botellas de vino que no tardamos en descorchar. Casi todo lo que sé de ellas fue lo que me contaron hoy, antes de salir. Había llegado Luciano y Aude tenía sueño, por lo que me despedí a eso de la medianoche y fui en busca de cualquier bar concurrido por los poetas de turno. Y, tal como lo esperaba, conseguí seguir bebiendo y pude comer algo a costa de este grupo selecto que mucho tiene de extravagante y nada de maldito, como ellos quisieran.

viernes, mayo 26, 2006

Les feuilles mortes


17 de julio

Hoy cumplí treinta años. Estoy de pie frente a una nueva ventana, en un departamento de calle Bandera, en un tercer o cuarto piso. Es casi seguro que es un cuarto piso: hay una sensación de altura que no se puede explicar. Ahora me veo de pie (esto no puede ser cierto, claro, no puedo verme, lo que yo veo es otra cosa, es el paisaje sucio de la ciudad, los tejados grises y cubiertos de hollín) junto a la ventana mientras Luciano ríe celebrando las bromas que en un pésimo español hacen las dos chicas francesas que viven aquí. Busco la cajetilla de cigarros en el bolsillo del pantalón, busco también el encendedor de plástico verde que compré por la mañana. Pienso en mi madre, en la pobre Inés, siempre tan correcta y elegante, pienso en ella acostada en la cama de un hospital público, en las paredes amarillas que la rodean, en un hipotético charco de orines que comienza a asomarse bajo su cama. Enciendo el cigarro y aspiro fuerte, mirando por la ventana hacia los tejados cubiertos de hollín que se dibujan, opacos, bajo el cielo nítido y estrellado de Santiago durante el invierno.
Me enteré de la muerte de Bolaño por la tarde. Lo dijeron en un programa de radio entre dos canciones de Salvatore Adamo, que al parecer vuelve a estar de moda. A Inés, a mi madre, le encantaba Adamo, o le encanta, no sé. Recuerdo haber escuchado sus canciones cuando niño, sentado en la gran mesa del comedor, después del colegio. También recuerdo las fanfarrias que anunciaban las noticias en radio Cooperativa. Lo curioso, en realidad, no es el recuerdo, sino el efecto dominó que se produce cuando uno entra a la habitación cubierta de polvo que es la memoria: descubres primero una tortuga que tuviste de niño y de ahí todo se te viene encima, un verdadero alud de imágenes, olores y sensaciones, como el truco del mago que saca pañuelos de colores desde el sombrero.
Me enteré de la muerte de Bolaño mientras tomaba un café en la esquina de Huérfanos con Estado, observando a través de la ventana –otra ventana, más grande, más luz- un kiosco de diarios repleto de revistas pornográficas, por lo menos desde el lado que yo podía ver. Ya a esa altura del día me había fumado cerca de diez cigarrillos y tenía el estómago vacío. Luciano no había montado su puesto de pinturas en la Plaza de Armas y al telefonearle me aseguró que más tarde nos veríamos, que no me preocupara por dinero, que podría asegurarme algo mientras buscaba un nuevo trabajo. Y entre un cigarro y el sorbo del café me entero de la muerte de Bolaño. Luego de un primer momento con la mente en blanco –lo que sucede siempre que escuchamos o vemos algo que es difícil de creer, no por que nos parezca imposible que esté sucediendo sino porque en realidad estamos muy lejos de comprenderlo a cabalidad- las ideas comienzan a cruzar una a una por mi cabeza: la monografía imaginaria acerca de escritores con filiación nazi en latinoamérica que por absurda resulta mucho más creíble, una pista de hielo encerrada en un caserón junto al mediterráneo, la muchacha italiana cuyo hermano está obsesionado con una estrella del cine porno, los muchachos irrefrenables que recorren el desierto de Sonora y luego el desierto del mundo, que buscan algo parecido a la verdad en la poesía y en la vida, un espacio que podríamos llamar puerta o ventana y que se nos ofrece con su pálida luminosidad desde algún sitio.
La cajetilla azul de los cigarros yace a mis pies, vacía, mientras, apoyado en el antepecho de la ventana cuadrada, me asomo sobre los techos cenicientos de la ciudad. Luciano se acerca con un vaso de vino y me palmotea la espalda antes de volver con las chicas francesas, bastante ebrios los tres. Ciudad, Santiago, repito en silencio. Ciudad, Santiago. Vuelvo a pensar en la pobre Inés, ya tan vieja, tan cercana a la nada. Luciano y las francesas continúan riendo, sentados en el piso de madera del departamento. La cajetilla azul vacía a mis pies y el último cigarro se extingue entre los dedos índice y medio de mi mano derecha como la ciudad se extingue, poco a poco, bajo los tejados sucios y los gritos –más bien aullidos- de un niño en algún lugar de este edificio, los gritos –o aullidos- de un niño o quizás una mujer que se mezclan con una figura, una silueta oscura que por un instante se dibuja en mi retina. Ciudad, Santiago, repito como exorcizando fantasmas que no existen.

viernes, mayo 19, 2006

La noche no caía


- ¿No le preocupa esta situación?
- ¿Para qué? Es tan grande la vida. Hace un momento me pareció que lo que había hecho estaba previsto hace diez mil años; después creí que el mundo se abría en dos partes, que todo se tornaba de un color más puro y los hombres no éramos desdichados
.

Roberto Arlt,
El juguete rabioso.
Durante un rato miró hacia la puerta de la casa. Le pareció notar alguna clase de movimiento en el interior y dejó el cigarro suspendido a mitad de camino hacia la boca. La brasa ardía callada, expectante, destellando cuando a veces el aliento de Arturo la encontraba en su camino. Finalmente no ocurrió nada: la puerta permaneció cerrada, oscura, rodeada por el desencajado marco de madera incrustado como a la fuerza en el adobe de la fachada.
No le importaba esperar. Se metió la mano en el bolsillo del abrigo e intentó acomodarse en el escaño de madera donde estaba sentado, cuidando no perder de vista el muro blanco garabateado con spray, las ventanas ciegas de la planta baja y la luz tenue que se adivinaba tras las cortinas del balcón del segundo piso. Aspiró el cigarro con fuerza para luego dejar que el humo escapara por la boca como una cascada invertida. Hacía frío y casi no pasaban automóviles por Agustinas hacia Cumming. Pronto sería medianoche.
Arturo miró el reloj. Llevaba exactamente tres horas y cuatro minutos sentado en el mismo escaño, desde que el sujeto al que había seguido atravesó el hueco oscuro de la puerta y se apagaron las luces del primer piso. Al principio merodeó por los alrededores, repasando de memoria el mapa que había confeccionado y verificando que las calles estuviesen vacías. Finalmente escogió uno de los escaños del parque Portales para esperar, ubicándose a unos cincuenta metros en diagonal a la casa, cubierto a medias por el tronco de un plátano, cerca de la esquina hacia donde el sujeto caminaría al salir de la casa.
Apretó el cigarro entre los labios antes de tomarlo con los dedos y arrojarlo a la calle. La brasa dibujó un pronunciado arco para luego estrellarse contra los adoquines. Allí permaneció encendida durante algunos segundos antes de extinguirse. Arturo miró hacia la puerta, paciente. Jugó a imaginar el interior de la casa. En la planta baja estaría el comedor y quizás un pequeño living. Sobre la mesa cuadrada un mantel blanco con dibujos de flores y sobre el mantel un par de tazas, una de ellas vacía y la otra con un poco de café frío. En la pared norte, junto a la escalera, hay una fotografía colgada: un hombre delgado y una mujer robusta de semblante severo están de pie tras una niña con vestido de primera comunión. También hay un maltratado aparador color caoba donde se amontonan infinidad de pequeños adornos –animales fabricados con conchas o cuescos de duraznos, angelitos de loza, imágenes de Santa Teresa de los Andes, un reloj detenido, varias botellitas de Coca-Cola, pequeños platos de cobre, un par de vasos que sirven de florero para algunos claveles secos-, objetos cubiertos de polvo y un libro de tapas negras que, seguramente, es una Biblia. Quizás hay alguna alfombra barata sobre el piso de cemento teñido con tierra de color, eso no puede precisarlo Arturo que mira ahora hacia la ventana del segundo piso, donde una sombra oscurece por un instante las cortinas.
En el segundo piso, ocupado por un pequeño baño y el dormitorio, está el sujeto que ha venido siguiendo desde hace dos semanas. El hombre no tiene nada de particular. Es pequeño, algo regordete, y trabaja como médico en una consulta en el centro, a la entrada de Victoria Subercaseaux, frente al cerro Santa Lucía. Es un hombre de hábitos definidos y bien organizado, lo suficiente para que el tiempo le alcance para atender a sus pacientes, estar con sus hijos (dos, un niño y una niña), consentir a su mujer y tener como amante a una muchacha que trabaja en un café de la galería Pacífico. Vive en La Reina y dos veces por semana visita a la muchacha del café en su casa, una construcción de adobe con la blanca fachada cubierta de graffitis y dibujos obscenos.
Arturo encendió un nuevo cigarro pensando en lo que sucedía en la habitación, en el hombre anudándose la corbata, en la mujer que lo mira desde la cama, arropada con las mantas. Es más joven que él, tiene el pelo negro y desordenado, aunque habitualmente se lo amarra en la nuca con una cola de caballo. Su rostro es pálido y tiene unos enormes ojos oscuros. Mientras el sujeto acaba de vestirse ella permanece callada. Luego él se da la vuelta y la mira con ternura. Se acerca a la cama para besarla y prometerle alguna cosa –Arturo no puede imaginar qué le dice-, para acariciarle la mejilla y el cuello antes de bajar por la escalera y salir a la calle y caminar las dos cuadras que lo separan del automóvil, estacionado estratégicamente en un discreto callejón.
Las luces de la planta baja se encendieron y al momento siguiente el sujeto apareció en el umbral. Arturo alcanzó a ver el color verde de los muros antes de que el sujeto bajara a la acera, cerrando la puerta tras de sí. Cuando el hombre llegó a la esquina y cruzó la calle, Arturo se incorporó lentamente, arrojó el cigarro a medio fumar hacia el tronco del plátano y se fue caminando por un costado del parque con las manos en los bolsillos del abrigo. Sólo cuando faltaba media cuadra para llegar al callejón donde estaba el automóvil Arturo atravesó la calle y apuró el pasó.
El sujeto miró un par de veces hacia atrás, pero no parecía nervioso. En la siguiente esquina, la del callejón, dobló hacia la derecha. Sacó del bolsillo las llaves del auto y desconectó la alarma con el control remoto. Bajó a la calzada y luego se inclinó para abrir la puerta del conductor. En ese momento le pareció sentir un dolor a la altura de los riñones. Trató de incorporarse pero algo lo empujaba contra el automóvil. El dolor se hizo cada vez mayor y una mano le cubrió la boca. Se orinó encima. Poco a poco su escasa resistencia al ataque fue cediendo y comenzó a sentir frío. La mano que tenía sobre la boca apretaba cada vez más fuerte. El sujeto se dejó caer pesadamente sobre el charco que su sangre iba dejando en la calle.
Arturo metió el cuchillo en una bolsa plástica que llevaba con él y luego se inclinó junto al cuerpo para confirmar que estaba muerto. Tuvo cuidado de no pisar la sangre mientras buscaba en los bolsillos del sujeto hasta encontrar la billetera. Se incorporó y guardó la billetera en el abrigo, junto con la bolsa del cuchillo. Caminó hasta la esquina y miró hacia ambos lados. Cuando estuvo seguro que nadie lo había visto encendió un cigarro, atravesó el parque en diagonal hasta la esquina de Agustinas y Sotomayor y se fue caminando hacia el oriente.

viernes, mayo 12, 2006

Un puñado de niebla espesa como la muerte


Sentado en el asiento anaranjado del Metro, junto a la ventana, el señor K. observa a la distancia la ausencia de paisaje. Es temprano y la niebla cubre la ciudad completa, dejando apenas visibles las siluetas de los edificios que a lo lejos esbozan la linea de un posible horizonte. No se ve gente en las calles y de vez en cuando un par de luces, seguramente un automóvil, pasa junto al tren por lo que debe ser una calle, por eso que debajo de la niebla que lo cubre todo debiese ser un automóvil y una calle y una ciudad a medio despertar.
El señor K. se acomoda en el asiento y aparta la vista del exterior. El tren también está vacío. Puede adivinar, al otro extremo, al comienzo de ese pasillo interminable que ahora se le antoja sacado de una película de Kubrick, le parece adivinar la presencia de alguien. Inclina su cuerpo hacia el pasillo para poder ver mejor, pero si hay alguien está tan lejos que es imposible asegurarlo. El tren está vacío, entonces, piensa el señor K. y vuelve la mirada hacia el mundo gris y plano que le rodea. En mitad de su campo visual un círculo blanco intenta vanamente abrirse paso entre las nubes. Sol de otoño, mortecino, un agujero incandescente, una ventana de luz que de pronto es cubierta por un muro de concreto.
Las puertas de todo el tren se abren acompañadas de una grave sirena. Nadie entra. Durante largos tres minutos las puertas permanecen abiertas y nadie entra o sale. Otra vez la sirena. Un instante antes que las puertas se cierren dos mujeres se deslizan hacia el interior del tren. El señor K. puede ver a una, que es ancha de hombros y tiene el pelo corto y teñido de rubio y viste una minifalda negra. A la otra mujer no la ve pero la intuye por el sonido de los pasos que oye a su espalda, unos metros más atrás, al final del tren.
La chica corpulenta se detiene un momento a mirarlo mientras el tren reanuda la marcha. Es blanca y tiene los ojos grises o azul muy claros. Luego se sienta frente a él, al otro lado del pasillo. Por alguna razón que no entiende el señor K. imagina a la segunda mujer también blanca, pero con el pelo negro y largo, vestida con un abrigo de cuero que le cubre hasta más arriba de las rodillas. Vuelve a mirar hacia la ciudad inexistente, hacia las calles despobladas de sonidos y de sombras y por un momento le parece que el tiempo se ha detenido. El trengusanometálico se arrastra con rapidez sobre los rieles de acero oxidado, o eso parece.
Se suceden tres estaciones, se abren y cierran las puertas tres veces y seis veces suena la sirena de advertencia. Nadie sube al tren y tampoco nadie baja. La niebla no permite ver más allá del borde de la vía e incluso en las estaciones lo que se distingue es, con suerte, un par de metros del anden. Mientras el tren está en marcha el único sonido que se escucha es la respiración agitada de la segunda mujer, que lleva un ritmo sincopado y que en ocasiones le parece que se acerca sigilosamente.
El señor K. mira su reloj, mira hacia afuera buscando el sol que ha desaparecido del todo y luego suspira. Antes de ponerse de pie mira a la chica corpulenta, que no ha dejado nunca de mirarlo, y le sonríe. La chica responde con una mueca nerviosa que coincide con una agitación extrema en la respiración de la otra mujer. Debe tener cierto parecido con Meg White, piensa el señor K. cuando se para frente a la puerta en espera de la siguiente estación. Cierra lo ojos mientras el tren poco a poco se detiene y suena la sirena de advertencia, mientras las puertas se abren y la niebla afuera le espera, mientras tras su espalda el sonido atropellado de unos pasos se abalanza sobre él y poco a poco se mezcla con una especie de gruñido, con un sonido como dentaduras que chocan entre sí.

viernes, mayo 05, 2006

Laberinto

De qué puede tratarse todo, mirándolo desde el lado más accesible, pensando las cosas desde el lado más accesible, lo que no necesariamente debe significar el más cómodo. Por una parte aceptar el absurdo como un sandwich entre lo macro y lo micro, las situaciones que de verdad suceden: la fisión de un átomo de nitrógeno y la extinción de una galaxia. La desconexión del todo, el no percibirnos como simples hormigas –esto es casi parafraseando a Nietszche, lo que haría, sin dudas, las delicias de Alfredo- termina por distanciarnos de un acceso menos mediatizado –y al decir esto en el fondo quiero decir análisis y comprensión- a eso que solemos llamar realidad y no es más que la convención y el sobreentendido. Quizás este punto pase por un vistazo más profundo, primero que nada, a la forma, a la actitud que podemos tomar frente a esta extraña entidad que antes mencionábamos, una especie de enfrentarse a la poesía profunda que menciona Juarroz pero desde un punto de vista más cercano, acercando a la cotidianidad la posibilidad del sentido último o, por el contrario, la identificación del sin sentido. Pensarse como personajes de un guión, expertos en improvisación sobre una partitura enrevesada pero accesible. De esto se trata todo, de medirse a través de la calidad de vida, de las posibilidades que uno quiere para uno. Ojo, pues con esto lo que busco –a estas alturas es imposible disfrazar que hablo a título personal- no es el imponer límites, sino proponer un reconocimiento de lo que realmente somos, como seres transitorios, y tal vez no aspirar a la paz eterna; se trata sin duda de una invitación más abierta, a una entrevista a un yo más interno, naufrago y perdido. De cualquier modo Juan empezaba a reconocerse dentro del esquema que alguna vez Laura había diseñado para él. Juan caminaba por la calle desierta de la madrugada, repitiendo calles y recorridos, haciendo recursivos los recorridos, tratando de eliminar la recurrencia en búsqueda de una posibilidad mayor, de un espacio continúo donde el desarrollo -otra vez llamo la atención sobre esto- pueda manifestarse en diferentes estratos de las vivencias que reconocemos como una vida. Restringir estas situaciones a áreas intelectuales o elementalmente sensibles nos empobrece, pues tanto como antes denotaba la poca conciencia de entorno, incluso considerando una situación inmediata, eso que llamamos realidad, reconocer una transitoriedad sin trascendencias, un estar aquí y ahora.

viernes, abril 28, 2006

Un año, cuarenta y tres mil novecientas catorce miradas

A veces se mira para atrás y no hay rastros que denuncien el camino avanzado. Otras veces, sin embargo, uno gira la cabeza y se encuentra con un reguero de palabras, con manchas de colores, con besos que han quedado suspendidos en el tiempo, con heliotropos enloquecidos que giran sus pétalos como las aspas de un helicóptero en miniatura.
A veces no nos queda nada y otras encontramos el sabor dulce del recuerdo. Tengo una caja de recuerdos aquí, una caja con textos reciclados y nuevos, con suspiros y lágrimas y grandes carcajadas como paréntesis de absurdo. Tengo una huella clara sobre la nieve del tiempo para sentarme a descansar y mirar y releer y odiar y querer.
Ayer la señorita C. estuvo de cumpleaños y como primer presente recibió ocho rosas rojas. Antes que eso una canción le fue dedicada, aunque eso recién lo sabrá mañana cuando a eso de las 12:45 escuche la radio Concierto y mi voz se despida de los oyentes y le anuncie el regalo, con retraso pero regalo al fin. Eso, no más.
Los aymarás piensan que lo que tenemos delante es el pasado, y que es el futuro lo que tenemos a nuestras espaldas. Hago trampa y con el rabillo del ojo busco un atisbo de porvenir. Veo luz, veo soles y lluvias, veo muchas risas.
Y gracias a los casi 44.000 que han paseado sus ojos por este patio virtual, por este espacio acotado de mi mismo, por esta ventanita abierta, por esta puerta de letras y preguntas.
Gracias.
Update 1:
Esto no es una despedida, es una celebración (de hecho ya estoy medio pasado de copas).
Update 2:
12:45, Radio Concierto, Mi Personal
1. Fake plastic trees, Radiohead.
2. I just don't know what to do with myself, White Stripes.
3. Bitter swett simphony, The Verves.
4. La corbata de mi tio, Los Ex.
5. El triste, de José José en versión de Julieta Venegas.
6. Un amor violento, Los tres (esta dedicada a mi hermosa mitad, como escribía Emar hace tanto tiempo ya)

martes, abril 25, 2006

"Catorce leonas movidas ocultamente por un resorte oculto movido por el león"


Acerqué los labios al oído izquierdo de mi esposa y le murmuré dicha frase. Me miró ella con el rabo de un ojo y a su vez me murmuró:
- Literator.
Como fuese, aquella uniformidad llegaba a lo majestuoso. Así, al arrimarnos al foso que circundaba el vasto espacio que se les tenía reservado, las catorce leonas dormidas, sea por tierra o sobre peñascos, sea encaramadas en los árboles, dormían, digo, en idéntica pose. Pasado un minuto, todas movieron la cola una vez no más. Pasó otro minuto y se estiraron bostezando y mostrando las garras, hecho lo cual se levantaron y se sacudieron como los perros lo hacen al salir del agua. Entonces, bruscamente, volvieron sus cabezas hacia nosotros y nos miraron con total, con petrificante fijeza. Aquí se produjo un hecho curioso. Hasta ese instante el Zoo había estado lleno de ruidos diversos provenientes de los demás animales, de las aves, del viento en los árboles y aun de la ciudad contigua. Ruidos humanos no los había, pues sólo mi mujer y yo estábamos allí. Pues bien, junto con mirarnos todas ellas cesó todo ruido, aun el más ínfimo murmullo y cayó sobre nosotros un silencio absoluto, negro, que nos paralizó. Con este silencio, pudieron los veintiocho rayos de esos ojos atravesarnos el cuerpo entero con tanta facilidad y agudeza que sentimos de arriba abajo, cada uno de nosotros, catorce dolorcillos finos, estridentes, que nos perforban para ir a clavarse en el suelo, muy atrás. Aquello empezó a hacerse intolerable.
- ¡Vamos, vamos! -díjele a mi mujer-. Si seguimos así, van quedarnos en la sangre, circulando, varios pedazos de miradas de leonas y ello no es posible, pues aún tenemos, mitad mía, muchas cosas que hacer en esta vida.
- Es verdad -me respondió-. ¡Vamos!
Ayer,

jueves, abril 20, 2006

Noches

primera noche

es quizás el calor, cómo saberlo. Estar bocarriba sobre la cama, quizás tratando de ver algo, escuchando los ruidos de la calle, las respiraciones, mirar a través de la cortina azul, la brisa, una luz tenue. Abrir los ojos, los agujeros de la nariz y de la piel, soltar el cuerpo, esperar. Un frío primero, un suspiro, un latido. Buscar con las manos, la piel tibia, el dibujo blanco bajo las sábanas a cuadros. La explosión roja sobre la almohada -pero él no mira, imagina, adivina, inventa-, la explosión roja y oscura escondiendo la mitad del rostro, otros ojos cerrados, otra nariz dilatada. Un suspiro. El silencio

segunda noche

el movimiento del bus, la cadencia de las ballenas amarillas que nos adelantan, la sensación de estar sofocado, apretado. Así respondieron los nuevos diseñadores al desafío Drive, una mujer sentada sobre la acera, un hombre cubierto de mantas, un perro, el reflejo de un cartel rojo en la ventana más alta de la esquina suroriente de la Biblioteca Nacional, el sabor de la cerveza y el cigarro en la boca, en el estómago la resaca del vino y la noche -otra, igual y tan distinta, la noche, y ahora tan fácil adivinar el silencio tras el tronar de la ciudad- abierta como una cicatriz frente a los ojos, otra cicatriz en mitad del rostro. El bus y una niña con la cara pegada al vidrio, la esquina amarilla con gente y luces. Tal vez luego, y esto lo intuye, vendrá un sueño funesto, plagado de visiones terroríficas, superposiciones, imágenes mezcladas y desteñidas, el mundo a través de la gasa. Las calles se le repiten sobre la cara, un espacio repetido y vacío

tercera noche

wake from your dreams the drying of yous tears today we escape we escape pack and get dressed before your father hear us before all hell break loose breathe keep breathing dont loose your nerve breathe keep breathing i cant do this alone sing us a song a song to keep us warm theres sucha chill sucha chill you can laugh a spineless laugh we hope your rules and wisdom choke you now we are one in everlasting peace we hope that you choke that you choke we hope that you choke yhat you choke we hope that you choke that you hope

cuarta noche

por la tarde había caminado por tantos lugares, mirando ventanas y preguntando cosas a la gente sentada en las fachadas de las casas. Había reconocido calles extraviadas, ventanas que sobrevivían en el recuerdo, algún ruido, algo de música. Caminó durante largo rato, casi siempre mirando hacia arriba, cambiando continuamente de vereda, deteniéndose cada cierto trecho y anotando en una hoja blanca con líneas horizontales rojas, también tachando. Caminaba por gusto, por el puro placer de andar solo por las calles, jugando a estar preocupado, silencioso y concentrado. Buscaba, sin duda, pero algo que era distinto al propósito más concreto. Buscaba más allá, y encontraba. Una casa de frontis amarillo que un día lo -los- sorprendió durmiendo sobre el tejado, una plaza de juegos monstruosos cuya hierba es la más fresca la segunda noche de cada año. Recorrer era comenzar a trazar mapas, escoger ciertos itinerarios posteriores, aclimatarse. Pero también había otra cosa: era tristeza que quedaba como un leve charco transparente a su paso, caracol triste y taciturno

quinta noche

las letras sobre la pantalla y la espera, la ausencia de las voces, del calor, la distancia. Palabras extrañas, muertos desconocidos

sexta noche

primero sería el calor, una suerte de ubicuidad y tras la cabeza el sonido del mar distante, el sonido de las olas y el murmullo de la arena barrida por el viento. Esto empezaba a ganar terreno a medida que la tarde se convertía en noche y un grupo de alemanes se amontonaba sobre una vieja que retrataba a una niña colorina en la esquina de la Plaza de Armas; ganaba terreno y poco a poco las cosas se transformaban, la playa se abría como una caracola destripada frente a sus ojos, sentía el calor en la planta de los pies desnudos, el sol impío sobre la cabeza, una gota de sudor salado bajando por el cauce de la espalda. Más allá -¿a qué distancia terrible?- podía ver el cuerpo de la mujer desnuda, el quiebre de la cintura y la curva de las caderas blancas, la cabeza de lado, el cabello desordenado como un montón de hojas rojas sobre la arena, los brazos descansando, invisibles, sobre unos senos redondos que sólo adivinaba, pues la mujer le daba la espalda desde la arena y el viento, blanca como un lirio, dormida. Sintió que iba a sonreir y despertó

séptima noche

la ciudad dormida, las calles escondidas en la oscuridad que trepa con su manada de animales diminutos por las paredes. Olor a orina, a gatos, un tufo rancio exhalado por miles de bocas que duermen. El humo del cigarro sube ligero por el aire caliente, sin dispersarse hasta fundirse con la noche. Hay estrellas, hay pasos que suenan distantes, confusos, perturbando con sus descuidado andar el silencio de este cementerio. Miro a través de las telarañas tejidas por la oscuridad, te distingo, hermosa y perdida, terrible, en la esquina a la que no podré llegar hoy: el cansancio me aprieta los músculos, los ojos se nublan y las cosas que me rodean se convierten en espectros inmóviles y acechantes. De cualquier modo te busco, sintiéndome morir a cada paso, dejando tras de mi una estela de sangre, de baba, de olor a jazmines que alguna vez conocí en un patio de la infancia. Muero por ti, y no me importa

octava noche

el encuentro

sábado, abril 15, 2006

Tengo un sueño


Tengo un sueño
que no es un sueño
es un libro
un cuaderno
un montón de papeles
donde las letras
transforman / invierten
las palabras
un juego de púberes enloquecidos
en un patio de cenizas
en un bosque de murciélagos
Está el sueño
este sueño
la larga calle y los faroles
adoquines
corazones huecos
las piedras que lloran en silencio
Tengo un sueño
abierto como un ojo entre las nubes
un dibujo de humo en el vacío
Tengo un sueño
una vida que se escurre
como arena
entre mis párpados

jueves, abril 06, 2006

Noche de domingo


No era precisamente buscar lo que hacía, pensó Juan deteniéndose en la esquina de Estados Unidos con Namur para mirar el sobrerrelieve con los elefantes y el caracol. No era buscar porque ese hecho hubiese supuesto una primera intención: encontrar. Juan iba por las calles casi vacías como quien recorre paisajes conocidos confirmando las precisiones de un mapa que ha caído en sus manos. Repasaba recuerdos, palabras que lo asaltaban a la vuelta de algunas esquinas. Como ahora, mirando la insólita escena de los elefantes, pensaba en Laura y un vestido horrible que alguna vez se puso para salir un domingo. Un vestido verde con lunares azules. Nunca caminaban hasta tan tarde, de cualquier modo, siempre había que volver a casa porque lunes temprano café y esas cosas, no era demasiado el tiempo de exposición a las miradas de otros.
A Laura le gustaban los elefantes y podía quedarse mucho tiempo frente a ellos, en silencio, a veces sentada en la cuneta de la esquina opuesta. A Juan los elefantes no le daban precisamente lo mismo, nada más parecía que los miraba desde otro sitio. Le parecía curioso ese sobrerrelieve, algún significado oculto debía tener y para eso bastaba fijarse en la curiosa intersección de calles en la que se encontraba ubicado. Y a pesar que esta vez no buscaba nada -y de eso estaba seguro- se quedó casi un cuarto de hora mirando a los elefantes y el caracol y ya no pensando en Laura sino en algún mensaje cifrado, un criptograma que podría hallar mirando con atención las figuras de los paquidermos y, en especial, la del caracol.
Tenía ganas de orinar. No quería hacerlo en la calle y decidió que lo mejor era ir hasta el baño del cine. Caminó por Namur hacia la Alameda con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta. No era de extrañar que los automóviles fuesen escasos, pues en noche de domingo y con ese frío eran muy pocos los que salían a la calle. Y porqué había salido él, entonces, se dijo al llegar a la Alameda y recibir de lleno en el rostro la estela de aire frío que dejaba un bus a su paso, porqué había salido si las tardes en casa de Gómez solían ser tan confortables, con pan tostado y conversaciones bastante entretenidas, era seguro que se había instalado en la sala con algún muchacho que lo había abordado en el café para enseñarle sus manuscritos o algo por el estilo, y presintió que justamente allí estaba la respuesta. La presintió apenas, pues no pudo aclarar del todo esas imágenes difusas que se le venían a la cabeza. Apuró el paso hacia el oriente sin dejar de mirarse de reojo en los vidrios ahumados que cubrían la planta baja del edificio. Una debilidad, pensó, eso de mirarse al espejo cada vez que pasaba frente a uno. Pero narcisismo accidental, aclaró, pues no buscaba los espejos sino que simplemente los encontraba. Frunció el ceño extrañado por la reiteración en ciertos conceptos, reiteración para nada casual, como bien podría suponerse, pero otra vez las respuestas se le daban a medias, o más bien a jirones. Por suerte el cine estaba aún abierto, seguramente a la espera de la salida de los asistentes a la función de la noche.
En el hall, frente a la boletería, colgaban varias fotografías gigantes. Alguien le había comentado algo acerca de las fotografías, tal vez Javier. Desde el café del segundo piso llegaban los acordes pegajosos de una salsa o un merengue, ritmos que para Juan resultaban indistinguibles. No dejaba de ser extraño, claro, pues a Laura le gustaban tanto esos ritmos tropicales y en todos los años de convivencia algo se le podía haber pegado, pero nada, incluso en las salidas a bailar con amigos los fines de semana: Juan siempre en la mesa, muy cómodo frente a un vaso de ron o una cerveza. Tampoco le disgustaban, eso lo tenía bastante claro, sólo no le provocaban nada. Cuando exponía, sin ninguna pretensión, esta postura Laura lo miraba con cara de disgusto que quería parecer broma pero no lo era. Replicaba algo que él nunca escuchaba porque ya a esa altura estaba pensando en otra cosa, en el ciego que se ponía a vender cuchillos a la salida del banco o algo por el estilo. Y se lo decía a Laura, que definitivamente hecha una furia se encerraba con seguro en el baño por mucho rato, y Juan se imaginaba que estaba depilándose o tal vez cortándose las uñas, esas cosas para las que se encerraba con seguro en el baño.
Caminó escuchando la cancioncita pegajosa que venía del café, una letra que hablaba de amores no correspondidos, y mirando con cierta atención las fotografías que colgaban en el hall. Algo le pareció raro cuando vio la primera -un sujeto con el pelo demasiado corto y vestido con traje oscuro-, como que algo se escondía o tal vez trataba de manifestarse en una segunda lectura, la intención no era precisamente la imagen sino algo detrás de ella. Pero las ganas de orinar se hicieron más intensas y al resto de las fotografías les dio una mirada ligera mientras se encaminaba rápidamente hacia el baño.
Se entretuvo contemplando el chorro de orina mientras intentaba mover una pastilla azul que había en el fondo del urinario. La orina le caía encima e instantáneamente se teñía de azul y flotaba un instante entre burbujas antes de desaparecer por el desagüe. El baño estaba también vacío -como todo, pensó Juan- y el olor a desinfectante era bastante molesto. Oyó un ruido tras él pero no le dio importancia. Miraba su reflejo distorsionado por los azulejos blancos del muro. Era como mirar a alguien a través de una ventana y de una fuerte nevada. Una imagen distorsionada, como todas, pensó Juan, filtros sobre filtros, recuerdos mediatizadores, silencios y hasta el ruido del vuelo de un mosquito podía transformar las cosas en algo tan distinto de lo que eran. Ni hablar de las palabras, cuchillos de doble filo, de triple filo, caracoles -la reiteración, otra vez- sigilosos pero terribles. El ruido que había sentido antes se repitió. Era como si algo se arrastrase con mucho esfuerzo.
Terminó de orinar, se acomodó bien el calzoncillo y se subió el cierre. Lanzó una mirada panorámica a las puertas de los cubículos y caminó silenciosamente hacia los lavamanos. Dejó correr el agua durante algún tiempo y luego metió las manos. Se mojó la cara. Cerró la llave y el ruido se repitió casi en el mismo momento. Esto no puede ser una coincidencia, pensó. Retrocedió hasta quedar en línea con las puertas de los cubículos. El primero tenía la puerta abierta y allí definitivamente no había nadie. Pero había tres más con la puerta cerrada.
- ¿Hay alguien? -preguntó en voz tan baja que se sintió ridículo.
Se inclinó y miró por debajo de las puertas. En la última, la del rincón, vio un par de zapatos oscuros en una posición bastante incómoda. No se movió de inmediato. Esperó durante algún tiempo, hasta que uno de los zapatos se arrastró varios centímetros, repitiendo el mismo sonido que había escuchado antes. Juan se puso de pie y caminó hacia la última puerta tratando de no hacer ruido. Qué estupidez, se dijo. Llegó junto a la puerta y golpeó con los nudillos.
- Oiga -dijo.
Del otro lado no contestaron. Golpeó otra vez, con más energía.
- Oiga -repitió.
El zapato se arrastró hasta que (supuso Juan) la pierna se estiró por completo, entreabriendo, de paso, la puerta. Juan miró con precaución por la abertura. Distinguió un pantalón oscuro, un trozo de camisa blanca (le pareció ver la tapa de un bolígrafo en el bolsillo), un trozo de corbata y la cabeza de un hombre inclinada hacia adelante.
- Oiga -insistió sin atreverse a abrir del todo la puerta.
El hombre no contestó. Juan miró el zapato que asomaba hacia afuera y retrocedió hacia los lavamanos. Dejó correr el agua pero a último momento decidió no mojarse la cara. Volvió a pararse frente a la puerta del último cubículo. Tomó el borde con la mano derecha y abrió. El hombre siguió inmóvil. Juan hizo un ademán de acercarse y tocarle el hombro pero desistió.
- ¿Está usted bien? -preguntó.
Miró al hombre durante algunos minutos. Era un sujeto joven, tal vez la misma edad que la suya, el pelo corto, la corbata apretada al cuello de la camisa. Un oficinista, pensó, o un ejecutivo. De vez en cuando se volvía hacia la entrada del baño, esperando a alguien, cualquier persona que apareciese en ese momento. Una esperanza vana, como siempre, pensó, pues según sus cálculos faltaba al menos media hora para el término de la función de la noche. Luego notó que no podía ver las manos del sujeto, pues estaban ocultas bajo una chaqueta que tenía doblada sobre las piernas. Al costado izquierdo del retrete distinguió el bulto de un maletín. Era un maletín viejo, raído en las esquinas. Estará borracho, se dijo mientras volvía a mirar hacia la entrada del baño. Pero nadie vino, como bien sabía que iba a suceder, y se armó de valor para avanzar hacia el sujeto y darle una leve sacudida en el hombro.
- Oiga -dijo. El hombre se movió apenas y luego de un instante su cabeza y todo el cuerpo se fueron hacia la derecha, hasta chocar contra el muro del cubículo. Juan dio un salto hacia atrás, confundido. Al mirar con atención vio una mancha oscura en la camisa del sujeto, a la altura del abdomen. La chaqueta se deslizó sobre el maletín y una de las manos quedó colgando al lado del cuerpo. Un líquido viscoso apareció en la base del retrete. Juan miraba con los ojos muy abiertos. Se quedó así mucho rato, con la espalda apoyada en el hueco que había entre un urinario y la pared, mirando al hombre, mirando el maletín, mirando la sangre que se había detenido justo en el barrote que delimitaba el cubículo. Coincidencias, se dijo, y al parecer repitió la palabra durante un largo tiempo -un tiempo sin nombre, el espejo roto que aparece donde menos se le espera- pues lo siguiente que escuchó fue el sonido de las puertas del cine que se abrían, el rumor de los pasos desahogando la sala, los comentarios, un muchacho que entraba en el baño y lo miraba con cara de sorpresa, otros hombres, muchos hombres, todos orinando y mirándolo, hasta que uno se acercó a dónde Juan estaba y miró -apenas un segundo, nada que pudiese importar- hacia el cubículo abierto y el cadáver y la sangre y gritó y Juan supo que eso era lo que faltaba para completar el cuadro.