miércoles, agosto 16, 2006
Diga treinta y tres
miércoles, agosto 09, 2006
Deja vu
martes, agosto 01, 2006
El origen del mundo III
¿Qué lugar es este, donde los habitantes parecen fantasmas, donde las calles están siempre desiertas? Un sudor frío me cubre la frente y parte de la espalda. Creo que tengo algo de fiebre. Pienso en Leonor, en el aroma de los peumos y los litres. Y Leonor otra vez, desnuda sobre la roca, las gotas de agua de la cascada cubriéndola como nieve transparente, abriendo una ventana a otro sitio, a una pintura imposible.
19 de enero
Paso el día metido en cama, ardiendo en fiebre.
A mediodía Leonor subió a verme y estuvo un rato sentada en el borde de la cama, mirando desde lejos los retratos que ya he pintado de ella y que tengo apoyados en la muralla junto a la puerta. Al principio hizo comentarios graciosos acerca de cómo lucía en las telas, de si acaso no me parecía que tenía la nariz muy grande o los ojos demasiado somnolientos. Me hizo reír. Después se levantó y estuvo un rato contemplando fijamente el desnudo que comenzamos a pintar ayer. Volvió a sentarse en la cama y no dijo nada, sólo acercó su mano a la mía y la apretó con delicadeza, sin mirarme. Así estuvimos algunos minutos. Cuando se fue me besó en la frente.
Para almorzar la patrona me trajo una sopa de pollo que me reconfortó y luego se vino a dormir siesta conmigo. Yo estaba en calzoncillos sobre las sábanas en desorden cuando llegó, agobiado por el calor y una especie de pesadilla de duermevela que no logro recordar. Se desvistió para acostarse y comenzó a besarme el cuello, a acariciarme el pecho. La erección, al sentir sus senos contra mi espalda, no se hizo esperar. Cuando comenzó a buscar en el vientre, ansiosa, le dije que no tenía ganas, que me sentía mal. Al principio pareció desconcertada, pero luego se acurrucó contra mi cuerpo sin decir palabra. Supongo que entonces me dormí. Creo que soñé con Leonor, un sueño tranquilo y luminoso.
20 de enero
Hoy me siento mejor y bajé temprano al comedor. La muchacha que me sirvió el desayuno me miró preocupada. Le sonreí y ella respondió de la misma manera, por lo que pude ver que le faltaban varios dientes. Por la mañana la patrona no apareció por ningún sitio y cuando pregunté por ella no me pudieron dar noticias. El comedor estuvo vacío durante todo el tiempo que tardé en tomar una taza de café y engullir tres tostadas con mermelada.
Leonor llegó un poco antes de la hora convenida, radiante y parlanchina. Decidimos repetir el paseo al salto de agua, lo que le provocó una explosión de risa y se ofreció a ayudarme cargando la maleta con pinturas y pinceles. Durante el camino me preguntó si la encontraba demasiado pequeña. La abracé enternecido, besándole la cabeza.
Volvimos tarde, casi de noche. Leonor estaba callada y no quiso acompañarme hasta la pensión. La vi alejarse lentamente, perdiéndose en la penumbra que comenzaba a cubrir las calles de tierra. Respiré profundo, tratando de atrapar un último vestigio de Leonor en el aire, intentando devorarla con los sentidos a pesar de su ausencia. No quedaba nada, de cualquier modo, sólo el polvo que la brisa levantaba para luego depositar sobre los árboles y los techos.
Nuevamente el comedor de la pensión estaba vacío, aunque por el sonido de pasos en la planta superior supuse que los pensionistas estaban en sus cuartos, preparándose para la cena. Me sentía particularmente feliz y subí la escalera saltando algunos peldaños. La puerta de mi habitación estaba abierta y la luz apagada. Me detuve en el umbral y distinguí una silueta sentada en la cama. La luz que venía del pasillo no me permitía ver demasiado, pero deduje que era la patrona.
Comenzó a decir cosas, frases sin sentido acerca de la soledad, de la infancia. También dijo que el aroma del dolor debía ser como el aroma del solvente para pinturas, que se quedaba en la nariz durante mucho tiempo, incluso después que ya no había ningún olor en realidad, como un espejismo. De vez en cuando hacía algún comentario acerca de los dibujos y pinturas que estaban apoyadas contra el muro. Hablaba como si pudiera verlos, a pesar de la oscuridad del cuarto. Alababa una línea en la nariz de Leonor, un brillo particular en sus ojos o lo desarrollada que podía ser una chica a esa edad. Varias veces repitió algo acerca de la belleza que no pude entender del todo, pues hablaba casi en susurros, con la voz cansada, como si hubiese llorado durante mucho tiempo. Yo la escuchaba sin moverme del umbral. Luego de un rato se levantó y pasó por mi lado sin decir nada, apenas rozando mi brazo con su mano. Pasó por mi lado como un fantasma que atraviesa un muro.
Más tarde, durante la cena, esa sensación de irrealidad volvió a hacerse presente. El silencio que llenaba el comedor era tan denso que sólo se oía el ruido de los cubiertos al chocar contra el fondo de los platos. Finalmente esa ausencia de vida que había sentido al recorrer las calles del pueblo se había instalado en la pensión. La única señal de humanidad que pude percibir provino de una de las muchachas del aseo. La descubrí mirándome fijamente, las cejas altas y los ojos bovinos cargados de odio.
21 de enero
Leonor no vino hoy y nadie en la pensión me dirige la palabra. La patrona no está por ningún sitio y la cocinera gorda subió para pedirme que por favor comiera en mi cuarto y que por ningún motivo saliera a la calle. No sé de qué se trata todo esto, pero me pareció que la mujer tenía miedo.
He estado todo el día encerrado, pintando, terminado el desnudo de Leonor que comenzamos en un nuestra primera expedición al salto de agua. Tengo la certeza de haber memorizado cada rincón del cuerpo de la chica. Tengo también la impresión que durante la tarde ella estuvo en mi cuarto, de pie junto a la cama, desnuda, con la piel blanca estremecida por la brisa fría, el cabello lacio y los pezones erectos. Acercó su mano a la mía, invitándome a tocarla, a recorrerla desde el arco del cuello hacia abajo, dibujando la redondez ya desarrollada de su pecho, sintiendo la estática de los invisibles vellos de su vientre. Me parece que cerré los ojos, no lo sé, cuando mi mano bajó hasta su otra sonrisa, cuando la habitación se llenó de luz, de fuego que consumía sus imágenes y me dejaba desnudo y postrado frente a ella. Quizás todo fue un sueño. Siento la cabeza caliente, hirviendo en imágenes. Creo que tengo fiebre, porque al despertar (¿entonces sí fue un sueño?) estaba completamente vestido sobre la cama y tenía la ropa pegada al cuerpo.
miércoles, julio 26, 2006
El origen del mundo II
El calor no da tregua, aunque a nadie parece importarle aquí en la pensión y prefieren hablar del partido de fútbol que televisaron anoche.
Ayer me acosté temprano, luego de beberme una botella de pésimo vino que me vendió la patrona. Hoy por la mañana salí a recorrer el pueblo con demasiadas expectativas, pensando que quizás en algún recorrido anterior pasé algo por alto. Todo se reduce a diez manzanas de casas bajas, exceptuando la pensión y el edificio del correo, justo al otro lado de la calle, que tienen dos pisos. La pintura de las fachadas está desteñida y los colores, si es que alguna vez los hubo, ya no se reconocen. El espino parece ser el árbol característico de la zona, pues no sólo pueblan todas las aceras –las con pavimento y las de tierra- sino que se pueden distinguir por los costados de los caminos que salen del pueblo. Nada interesante para pintar.
Hay algo curioso que casi olvido anotar: no he visto ningún signo de actividad en los alrededores. Sólo campos yermos rodeados de cercas a punto de caer. También descubrí, por el camino que va al oeste, un sendero que se encumbra hacia los cerros que separan al pueblo de la costa. Durante el almuerzo uno de los pensionistas, un viajante que se dedica a la venta de peines plásticos, mencionó que siguiendo esa ruta se llega a un salto de agua espectacular. Ese es el adjetivo que el viajante usó. Supongo que podría darme una vuelta por esos lados y explorar.
El resto de la tarde lo pasé desnudo sobre la cama, intentando dormir. Leonor avisó por medio de una nota que no podía venir hoy. Hoy no puedo, nos vemos mañana. Besos, Leonor. Estaba escrito con lápiz grafito sobre una esquela rosada. La letra es torpe, parece demasiado infantil. ¿Demasiado infantil? No entiendo que quiero decir con eso. El mensaje me lo entregó la patrona después de almorzar y aprovechó para preguntar si quería otro vino para esta noche. Le dije que sí y sonrió.
16 de enero
En las sábanas ha quedado impregnado el vaho de sudor que rodea a la patrona. Cuando desperté ya se había ido, pero su presencia se hizo casi insoportable al poco tiempo de estar consciente. Tuve que saltar de la cama para abrir las ventanas y dejar que la brisa caliente limpiara el aire. Por alguna razón no quiero que el olor de la patrona persista hasta que llegue Leonor. Luego de beber un café bien cargado en el comedor vuelvo a mi cuarto para disponer del atril, los tubos de óleo y los pinceles. No vi a la patrona, pero una de las muchachas de la limpieza pasó junto a mi mesa y me sonrió, cómplice.
Leonor llegó más tarde de lo acordado, pasado el mediodía. Llegó como un vendaval contándome atropelladamente de un paseo a la playa que había dado ayer con sus hermanos, emocionada porque se habían quedado hasta el atardecer y el horizonte se había incendiado de un rojo tan intenso que incluso había sentido miedo. Mientras ordeno los materiales y corro la cortina para que entre más luz, Leonor no para de hablar y hojea, inquieta, algunos libros de pintura que tengo sobre la mesita de noche. Cuando ya está todo listo la miro, sin animarme a interrumpir su monólogo, entretenido con los guiños que, involuntariamente, hace con la nariz cuando algo le parece divertido.
De pronto se calla y me mira, ausente. Parece casi al borde del llanto cuando estalla en una carcajada. Las mejillas se colorean de rubor y baja la mirada como si la hubiese sorprendido en algo malo. Luego cierra el libro de golpe y me dice que cuándo empezamos, que tiene que volver a almorzar a su casa. Me acerco, la tomo de la mano hasta sentarla en una silla junto a la ventana, donde la luz del sol hace resplandecer los pequeños vellos de su cara. Te ves linda, le digo, y ella sonríe. Comienzo a dibujar el rostro de Leonor sobre la tela, con sólo un trazo defino su pequeña nariz respingada, esbozo con pequeños puntos las pecas de las mejillas, busco el brillo de sus ojos con la opacidad del grafito. Los ojos son verdes, aunque dependiendo de la luz a veces parecen grises.
La primera pincelada es, como siempre, la más difícil. Esta vez comienzo con el contorno del hombro y me detengo en la curva del cuello. Leonor me mira, las pupilas dilatadas y la respiración intranquila. Me mira de una forma nueva, y la segunda pincelada se vuelve más difícil que la primera, un trazo enrojecido que completa la línea del mentón hasta la sien izquierda. La imitación de Leonor va apareciendo en la tela poco a poco, como el comienzo de una oración, un grito desgarrado, una súplica: todo al mismo tiempo.
Una hora y media más tarde Leonor se despide con un beso en la mejilla y me deja solo en el cuarto, con el olor a solvente, con la tela que se termina de secar en un rincón, vacío de mi mismo, particularmente exhausto. Me tiendo en la cama sabiendo que con el calor será imposible dormir. Giro la cabeza hacia la mesita de noche y entonces noto que el libro que estaba hojeando Leonor era de Courbet.
17 de enero
He soñado con la patrona. Está junto a mi cama, enfundada en el horrible delantal de diario, con los labios pintados de un rojo encendido. Siento una mezcla de fascinación y miedo ante esa imagen que de pronto me recuerda a una acuarela de Schiele, y en el estómago tengo un frío que quema. Camina hacia mí, despojándose lentamente de su vestidura, mostrando sus senos redondos y firmes, sus pezones demasiado pequeños, casi como lunares en mitad de los pechos. Me mira con condescendencia, casi con lástima. Por la puerta del cuarto entran las muchachas de la limpieza, con los cabellos sueltos ondeando al viento, desnudas, exhibiendo sin pudor sus cuerpos raquíticos, sus senos caídos, sus piernas casi sin carne, sólo hueso y pellejo, más demonios del austriaco enloquecido. Las muchachas se acercan a la patrona y la ayudan a quitarse la túnica –porque de pronto tiene una túnica de seda amarrada a la cintura-, arrodillándose junto a ella, acariciando sus muslos abundantes y sus caderas, tocando la piel lisa del trasero con las puntas de los dedos. Sólo entonces la veo completamente, la descubro, mudo. Un estambre de negro cabello que nace un poco más abajo del ombligo y se va haciendo cada vez más abundante hasta perderse en la entrepierna. Trato de moverme, de huir, pero no puedo. Ya la patrona está montada sobre mi, sonriendo, el rostro rígido como una estatua. Y sobre mi falo erecto se cierne un bosque de pelos que parecen separados de la mujer, como un parásito que la utiliza de huésped. Un momento antes que me devore despierto bañado en sudor. Aún era de noche.
Caminé hacia la ventana, excitado. Contemplé la oscuridad de las calles y la claridad con la que las estrellas dibujaban secretos mapas en el cielo, sin poder calmarme del todo. Cerré los ojos, invocando la imagen del sueño, y me metí la mano bajo el calzoncillo. Luego salí del cuarto y me escabullí por el pasillo hasta el cuarto de la patrona. La puerta estaba sin llave y entré. La oscuridad era casi completa, sólo un delgado haz de luz se colaba entre las cortinas. Adiviné la posición de la cama por la respiración. Mientras me acercaba podía sentir como esa respiración se agitaba cada vez más, podía casi imaginar el movimiento de fuelle de su pecho. La mujer estaba desnuda y puso resistencia al sentir mis manos en su cintura: me arañó los brazos y el pecho. Cuando la penetré dejó escapar un débil gemido y luego sentí sus piernas rodeando mi cintura.
Leonor vino a mediodía y le dije que no tendríamos sesión porque no me sentía bien. Como ella se puso triste le prometí que, si quería, mañana podríamos dar un paseo al salto de agua. Ella se puso a reír y se fue cantando por la calle. Después de almuerzo, adolorido por la noche en vela, me fui a dormir la siesta. Con los ojos cerrados oí el ruido de la puerta que se abría. Olí el sudor de la patrona, el sonido que hacía al desvestirse, el movimiento de la cama mientras se tendía junto a mí, mientras su mano buscaba en mi vientre y comenzaba con el rito, mientras me exploraba con la boca entreabierta. Con los ojos cerrados me dejé llevar, una y otra vez, entre sus piernas.
Desperté a casi a la hora de la cena, solo en la cama.
lunes, julio 24, 2006
El origen del mundo I
Luego de una semana de indecisión, hoy comencé a pintar. La chica que me sirve de modelo, Leonor, ya se ha ido y el calor del cuarto es sofocante.
Miro por la ventana hacia la calle de tierra que me separa de los demás como un pequeño desierto, hacia las aceras apenas sombreadas por los espinos, caricaturas raquíticas de árboles de verdad. Respiro profundo, me deleito con el aroma a solvente que tanto molesta a la dueña de la pensión, una amable mujer que lleva la casa con la ayuda de dos muchachas jóvenes que se encargan del aseo y una gorda que nunca sale de la cocina.
La patrona debe haber pasado hace poco los cincuenta y a veces, cuando camina entre las mesas durante el almuerzo, deja una estela casi imperceptible de sudor. Por la noche se instala en la sala a ver televisión con los pensionistas, bien vestida –es un decir- y maquillada. La primera vez que la vi arreglada me sorprendí y hasta me pareció guapa. Creo que fue la tercera o cuarta noche desde que había llegado al pueblo. La sorpresa se justifica, de cualquier modo, porque durante el día se envuelve con una especie de delantal raído y lleno de manchas que le da un aspecto desagradable. Algo tiene en esos momentos que me recuerda a un viejo grabado que vi de niño, donde aparecía un grupo de cortesanas romanas en un festín y al costado, casi fuera del encuadre de la lámina, un par de gordas alcahuetas ataviadas con un trozo de tela que les rodea el cuerpo. Mecanismos de la memoria.
14 de enero
Ayer terminé sin problemas un retrato de Leonor y dejé a medio camino otro. La chica estaba muy emocionada por servir como modelo y se reía todo el tiempo, mientras desde detrás de la tela yo iba inventándole anécdotas para que se relajara. Quedamos en que vendría diariamente por un par de horas y que yo la pintaría en diferentes actitudes. Es linda la chica, y se lo he dicho.
Hoy vino vestida con una camiseta blanca y una falda verde que le llegaba bajo las rodillas. Su rostro es redondo con una pequeña nariz respingada, rodeada de pecas, al centro. El pelo, liso y oscuro, cae sobre sus hombros redondos cubiertos con diminutas perlas de sudor. Tiene una risa clara, y cuando uno la mira directo a los ojos se ruboriza.
Casi toda la sesión de hoy la dedicamos al segundo retrato. Cuando ya terminábamos, uno de los tirantes de su camiseta se deslizó desde su hombro hasta la mitad del brazo. El nacimiento redondo de su seno derecho quedó al descubierto durante un momento. Pude ver la piel más blanca en ese lugar, y un pequeño lunar que quizás anunciaba la proximidad del pezón. Cuando se dio cuenta de la dirección de mi mirada, con ambas manos se cubrió hasta el cuello. Le dije que había pintado desnudos muchas veces, que no se inquietara. Ella seguía mirándome sin decir nada, hasta que de pronto saltó de la silla y salió corriendo del cuarto sin despedirse.
Pienso en Leonor durante toda la tarde, vuelvo una y otra vez al pliegue de la axila desde donde se iniciaba la curva de su pecho. Miro el retrato que quedó sin terminar, definitivamente excitado. Puedo imaginar a Leonor desnuda, una estampa que es la suma de todos las cuerpos que he visto en mi vida, en definitiva no el cuerpo de Leonor sino cualquier otro con la cara sobrepuesta de la chica. Cierro los ojos y dejo que la imaginación haga el resto, ahogando un gemido de placer cuando la ansiedad es liberada.
martes, julio 18, 2006
SangredeperroS (inicio)
“A la muchedumbre no podría enumerarla ni nombrarla, aunque tuviera diez lenguas, diez bocas, voz infatigable y corazón de bronce...”
Homero,
Iliada, rapsodia II.
viernes, julio 14, 2006
Medias para señoritas importadas III
miércoles, julio 12, 2006
Medias para señoritas importadas II
lunes, julio 10, 2006
Medias para señoritas importadas I
¿Y estás muy triste de amor,
Galán cobarde y sin seso?
Amor menguado, no es eso:
Amor cuerdo no es amor.
“Dolora Griega”,
lunes, junio 26, 2006
Casa abandonada
en cueva de cocodrilos y salamandras
dulce olor de flores muertas
y el cadáver que se pudre flotando
sumiso
en la tina
¿Hay algo más terrible que el paisaje oscuro de la boca del lobo?
La humedad ha trepado por las paredes
como legiones de escarabajos verdes
la lepra de los muros cae como nieve
en silencio
Desde la habitación huelo la sangre que se seca
impasible junto a la telaraña del espejo
desde la habitación oigo los pasos invisibles de los tigres que se acercan
su cadencia de junco y viento
la espera dibujada como rayas negras sobre el lomo
y el atardecer que ya olvidamos
en el circulo incompleto que dibujas
con tu cuerpo
en el agua oxidada que escapa por debajo de mi puerta.
miércoles, mayo 31, 2006
Les feuilles mortes II
19 de julio
Una de las francesas se llama Agathe y la otra Aude.
viernes, mayo 26, 2006
Les feuilles mortes

Hoy cumplí treinta años. Estoy de pie frente a una nueva ventana, en un departamento de calle Bandera, en un tercer o cuarto piso. Es casi seguro que es un cuarto piso: hay una sensación de altura que no se puede explicar. Ahora me veo de pie (esto no puede ser cierto, claro, no puedo verme, lo que yo veo es otra cosa, es el paisaje sucio de la ciudad, los tejados grises y cubiertos de hollín) junto a la ventana mientras Luciano ríe celebrando las bromas que en un pésimo español hacen las dos chicas francesas que viven aquí. Busco la cajetilla de cigarros en el bolsillo del pantalón, busco también el encendedor de plástico verde que compré por la mañana. Pienso en mi madre, en la pobre Inés, siempre tan correcta y elegante, pienso en ella acostada en la cama de un hospital público, en las paredes amarillas que la rodean, en un hipotético charco de orines que comienza a asomarse bajo su cama. Enciendo el cigarro y aspiro fuerte, mirando por la ventana hacia los tejados cubiertos de hollín que se dibujan, opacos, bajo el cielo nítido y estrellado de Santiago durante el invierno.
viernes, mayo 19, 2006
La noche no caía

- ¿Para qué? Es tan grande la vida. Hace un momento me pareció que lo que había hecho estaba previsto hace diez mil años; después creí que el mundo se abría en dos partes, que todo se tornaba de un color más puro y los hombres no éramos desdichados.
Roberto Arlt,
El juguete rabioso.
viernes, mayo 12, 2006
Un puñado de niebla espesa como la muerte

viernes, mayo 05, 2006
Laberinto
De qué puede tratarse todo, mirándolo desde el lado más accesible, pensando las cosas desde el lado más accesible, lo que no necesariamente debe significar el más cómodo. Por una parte aceptar el absurdo como un sandwich entre lo macro y lo micro, las situaciones que de verdad suceden: la fisión de un átomo de nitrógeno y la extinción de una galaxia. La desconexión del todo, el no percibirnos como simples hormigas –esto es casi parafraseando a Nietszche, lo que haría, sin dudas, las delicias de Alfredo- termina por distanciarnos de un acceso menos mediatizado –y al decir esto en el fondo quiero decir análisis y comprensión- a eso que solemos llamar realidad y no es más que la convención y el sobreentendido. Quizás este punto pase por un vistazo más profundo, primero que nada, a la forma, a la actitud que podemos tomar frente a esta extraña entidad que antes mencionábamos, una especie de enfrentarse a la poesía profunda que menciona Juarroz pero desde un punto de vista más cercano, acercando a la cotidianidad la posibilidad del sentido último o, por el contrario, la identificación del sin sentido. Pensarse como personajes de un guión, expertos en improvisación sobre una partitura enrevesada pero accesible. De esto se trata todo, de medirse a través de la calidad de vida, de las posibilidades que uno quiere para uno. Ojo, pues con esto lo que busco –a estas alturas es imposible disfrazar que hablo a título personal- no es el imponer límites, sino proponer un reconocimiento de lo que realmente somos, como seres transitorios, y tal vez no aspirar a la paz eterna; se trata sin duda de una invitación más abierta, a una entrevista a un yo más interno, naufrago y perdido. De cualquier modo Juan empezaba a reconocerse dentro del esquema que alguna vez Laura había diseñado para él. Juan caminaba por la calle desierta de la madrugada, repitiendo calles y recorridos, haciendo recursivos los recorridos, tratando de eliminar la recurrencia en búsqueda de una posibilidad mayor, de un espacio continúo donde el desarrollo -otra vez llamo la atención sobre esto- pueda manifestarse en diferentes estratos de las vivencias que reconocemos como una vida. Restringir estas situaciones a áreas intelectuales o elementalmente sensibles nos empobrece, pues tanto como antes denotaba la poca conciencia de entorno, incluso considerando una situación inmediata, eso que llamamos realidad, reconocer una transitoriedad sin trascendencias, un estar aquí y ahora.viernes, abril 28, 2006
Un año, cuarenta y tres mil novecientas catorce miradas
A veces se mira para atrás y no hay rastros que denuncien el camino avanzado. Otras veces, sin embargo, uno gira la cabeza y se encuentra con un reguero de palabras, con manchas de colores, con besos que han quedado suspendidos en el tiempo, con heliotropos enloquecidos que giran sus pétalos como las aspas de un helicóptero en miniatura.martes, abril 25, 2006
"Catorce leonas movidas ocultamente por un resorte oculto movido por el león"

jueves, abril 20, 2006
Noches
primera noche es quizás el calor, cómo saberlo. Estar bocarriba sobre la cama, quizás tratando de ver algo, escuchando los ruidos de la calle, las respiraciones, mirar a través de la cortina azul, la brisa, una luz tenue. Abrir los ojos, los agujeros de la nariz y de la piel, soltar el cuerpo, esperar. Un frío primero, un suspiro, un latido. Buscar con las manos, la piel tibia, el dibujo blanco bajo las sábanas a cuadros. La explosión roja sobre la almohada -pero él no mira, imagina, adivina, inventa-, la explosión roja y oscura escondiendo la mitad del rostro, otros ojos cerrados, otra nariz dilatada. Un suspiro. El silencio
segunda noche
el movimiento del bus, la cadencia de las ballenas amarillas que nos adelantan, la sensación de estar sofocado, apretado. Así respondieron los nuevos diseñadores al desafío Drive, una mujer sentada sobre la acera, un hombre cubierto de mantas, un perro, el reflejo de un cartel rojo en la ventana más alta de la esquina suroriente de la Biblioteca Nacional, el sabor de la cerveza y el cigarro en la boca, en el estómago la resaca del vino y la noche -otra, igual y tan distinta, la noche, y ahora tan fácil adivinar el silencio tras el tronar de la ciudad- abierta como una cicatriz frente a los ojos, otra cicatriz en mitad del rostro. El bus y una niña con la cara pegada al vidrio, la esquina amarilla con gente y luces. Tal vez luego, y esto lo intuye, vendrá un sueño funesto, plagado de visiones terroríficas, superposiciones, imágenes mezcladas y desteñidas, el mundo a través de la gasa. Las calles se le repiten sobre la cara, un espacio repetido y vacío
tercera noche
wake from your dreams the drying of yous tears today we escape we escape pack and get dressed before your father hear us before all hell break loose breathe keep breathing dont loose your nerve breathe keep breathing i cant do this alone sing us a song a song to keep us warm theres sucha chill sucha chill you can laugh a spineless laugh we hope your rules and wisdom choke you now we are one in everlasting peace we hope that you choke that you choke we hope that you choke yhat you choke we hope that you choke that you hope
cuarta noche
por la tarde había caminado por tantos lugares, mirando ventanas y preguntando cosas a la gente sentada en las fachadas de las casas. Había reconocido calles extraviadas, ventanas que sobrevivían en el recuerdo, algún ruido, algo de música. Caminó durante largo rato, casi siempre mirando hacia arriba, cambiando continuamente de vereda, deteniéndose cada cierto trecho y anotando en una hoja blanca con líneas horizontales rojas, también tachando. Caminaba por gusto, por el puro placer de andar solo por las calles, jugando a estar preocupado, silencioso y concentrado. Buscaba, sin duda, pero algo que era distinto al propósito más concreto. Buscaba más allá, y encontraba. Una casa de frontis amarillo que un día lo -los- sorprendió durmiendo sobre el tejado, una plaza de juegos monstruosos cuya hierba es la más fresca la segunda noche de cada año. Recorrer era comenzar a trazar mapas, escoger ciertos itinerarios posteriores, aclimatarse. Pero también había otra cosa: era tristeza que quedaba como un leve charco transparente a su paso, caracol triste y taciturno
quinta noche
las letras sobre la pantalla y la espera, la ausencia de las voces, del calor, la distancia. Palabras extrañas, muertos desconocidos
sexta noche
primero sería el calor, una suerte de ubicuidad y tras la cabeza el sonido del mar distante, el sonido de las olas y el murmullo de la arena barrida por el viento. Esto empezaba a ganar terreno a medida que la tarde se convertía en noche y un grupo de alemanes se amontonaba sobre una vieja que retrataba a una niña colorina en la esquina de la Plaza de Armas; ganaba terreno y poco a poco las cosas se transformaban, la playa se abría como una caracola destripada frente a sus ojos, sentía el calor en la planta de los pies desnudos, el sol impío sobre la cabeza, una gota de sudor salado bajando por el cauce de la espalda. Más allá -¿a qué distancia terrible?- podía ver el cuerpo de la mujer desnuda, el quiebre de la cintura y la curva de las caderas blancas, la cabeza de lado, el cabello desordenado como un montón de hojas rojas sobre la arena, los brazos descansando, invisibles, sobre unos senos redondos que sólo adivinaba, pues la mujer le daba la espalda desde la arena y el viento, blanca como un lirio, dormida. Sintió que iba a sonreir y despertó
séptima noche
la ciudad dormida, las calles escondidas en la oscuridad que trepa con su manada de animales diminutos por las paredes. Olor a orina, a gatos, un tufo rancio exhalado por miles de bocas que duermen. El humo del cigarro sube ligero por el aire caliente, sin dispersarse hasta fundirse con la noche. Hay estrellas, hay pasos que suenan distantes, confusos, perturbando con sus descuidado andar el silencio de este cementerio. Miro a través de las telarañas tejidas por la oscuridad, te distingo, hermosa y perdida, terrible, en la esquina a la que no podré llegar hoy: el cansancio me aprieta los músculos, los ojos se nublan y las cosas que me rodean se convierten en espectros inmóviles y acechantes. De cualquier modo te busco, sintiéndome morir a cada paso, dejando tras de mi una estela de sangre, de baba, de olor a jazmines que alguna vez conocí en un patio de la infancia. Muero por ti, y no me importa
octava noche
el encuentro
sábado, abril 15, 2006
Tengo un sueño

Tengo un sueño
que no es un sueño
es un libro
un cuaderno
un montón de papeles
donde las letras
transforman / invierten
las palabras
un juego de púberes enloquecidos
en un patio de cenizas
en un bosque de murciélagos
Está el sueño
este sueño
la larga calle y los faroles
adoquines
corazones huecos
las piedras que lloran en silencio
Tengo un sueño
abierto como un ojo entre las nubes
un dibujo de humo en el vacío
Tengo un sueño
una vida que se escurre
como arena
entre mis párpados
jueves, abril 06, 2006
Noche de domingo

A Laura le gustaban los elefantes y podía quedarse mucho tiempo frente a ellos, en silencio, a veces sentada en la cuneta de la esquina opuesta. A Juan los elefantes no le daban precisamente lo mismo, nada más parecía que los miraba desde otro sitio. Le parecía curioso ese sobrerrelieve, algún significado oculto debía tener y para eso bastaba fijarse en la curiosa intersección de calles en la que se encontraba ubicado. Y a pesar que esta vez no buscaba nada -y de eso estaba seguro- se quedó casi un cuarto de hora mirando a los elefantes y el caracol y ya no pensando en Laura sino en algún mensaje cifrado, un criptograma que podría hallar mirando con atención las figuras de los paquidermos y, en especial, la del caracol.
Tenía ganas de orinar. No quería hacerlo en la calle y decidió que lo mejor era ir hasta el baño del cine. Caminó por Namur hacia la Alameda con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta. No era de extrañar que los automóviles fuesen escasos, pues en noche de domingo y con ese frío eran muy pocos los que salían a la calle. Y porqué había salido él, entonces, se dijo al llegar a la Alameda y recibir de lleno en el rostro la estela de aire frío que dejaba un bus a su paso, porqué había salido si las tardes en casa de Gómez solían ser tan confortables, con pan tostado y conversaciones bastante entretenidas, era seguro que se había instalado en la sala con algún muchacho que lo había abordado en el café para enseñarle sus manuscritos o algo por el estilo, y presintió que justamente allí estaba la respuesta. La presintió apenas, pues no pudo aclarar del todo esas imágenes difusas que se le venían a la cabeza. Apuró el paso hacia el oriente sin dejar de mirarse de reojo en los vidrios ahumados que cubrían la planta baja del edificio. Una debilidad, pensó, eso de mirarse al espejo cada vez que pasaba frente a uno. Pero narcisismo accidental, aclaró, pues no buscaba los espejos sino que simplemente los encontraba. Frunció el ceño extrañado por la reiteración en ciertos conceptos, reiteración para nada casual, como bien podría suponerse, pero otra vez las respuestas se le daban a medias, o más bien a jirones. Por suerte el cine estaba aún abierto, seguramente a la espera de la salida de los asistentes a la función de la noche.
En el hall, frente a la boletería, colgaban varias fotografías gigantes. Alguien le había comentado algo acerca de las fotografías, tal vez Javier. Desde el café del segundo piso llegaban los acordes pegajosos de una salsa o un merengue, ritmos que para Juan resultaban indistinguibles. No dejaba de ser extraño, claro, pues a Laura le gustaban tanto esos ritmos tropicales y en todos los años de convivencia algo se le podía haber pegado, pero nada, incluso en las salidas a bailar con amigos los fines de semana: Juan siempre en la mesa, muy cómodo frente a un vaso de ron o una cerveza. Tampoco le disgustaban, eso lo tenía bastante claro, sólo no le provocaban nada. Cuando exponía, sin ninguna pretensión, esta postura Laura lo miraba con cara de disgusto que quería parecer broma pero no lo era. Replicaba algo que él nunca escuchaba porque ya a esa altura estaba pensando en otra cosa, en el ciego que se ponía a vender cuchillos a la salida del banco o algo por el estilo. Y se lo decía a Laura, que definitivamente hecha una furia se encerraba con seguro en el baño por mucho rato, y Juan se imaginaba que estaba depilándose o tal vez cortándose las uñas, esas cosas para las que se encerraba con seguro en el baño.
Caminó escuchando la cancioncita pegajosa que venía del café, una letra que hablaba de amores no correspondidos, y mirando con cierta atención las fotografías que colgaban en el hall. Algo le pareció raro cuando vio la primera -un sujeto con el pelo demasiado corto y vestido con traje oscuro-, como que algo se escondía o tal vez trataba de manifestarse en una segunda lectura, la intención no era precisamente la imagen sino algo detrás de ella. Pero las ganas de orinar se hicieron más intensas y al resto de las fotografías les dio una mirada ligera mientras se encaminaba rápidamente hacia el baño.
Se entretuvo contemplando el chorro de orina mientras intentaba mover una pastilla azul que había en el fondo del urinario. La orina le caía encima e instantáneamente se teñía de azul y flotaba un instante entre burbujas antes de desaparecer por el desagüe. El baño estaba también vacío -como todo, pensó Juan- y el olor a desinfectante era bastante molesto. Oyó un ruido tras él pero no le dio importancia. Miraba su reflejo distorsionado por los azulejos blancos del muro. Era como mirar a alguien a través de una ventana y de una fuerte nevada. Una imagen distorsionada, como todas, pensó Juan, filtros sobre filtros, recuerdos mediatizadores, silencios y hasta el ruido del vuelo de un mosquito podía transformar las cosas en algo tan distinto de lo que eran. Ni hablar de las palabras, cuchillos de doble filo, de triple filo, caracoles -la reiteración, otra vez- sigilosos pero terribles. El ruido que había sentido antes se repitió. Era como si algo se arrastrase con mucho esfuerzo.
Terminó de orinar, se acomodó bien el calzoncillo y se subió el cierre. Lanzó una mirada panorámica a las puertas de los cubículos y caminó silenciosamente hacia los lavamanos. Dejó correr el agua durante algún tiempo y luego metió las manos. Se mojó la cara. Cerró la llave y el ruido se repitió casi en el mismo momento. Esto no puede ser una coincidencia, pensó. Retrocedió hasta quedar en línea con las puertas de los cubículos. El primero tenía la puerta abierta y allí definitivamente no había nadie. Pero había tres más con la puerta cerrada.
- ¿Hay alguien? -preguntó en voz tan baja que se sintió ridículo.
Se inclinó y miró por debajo de las puertas. En la última, la del rincón, vio un par de zapatos oscuros en una posición bastante incómoda. No se movió de inmediato. Esperó durante algún tiempo, hasta que uno de los zapatos se arrastró varios centímetros, repitiendo el mismo sonido que había escuchado antes. Juan se puso de pie y caminó hacia la última puerta tratando de no hacer ruido. Qué estupidez, se dijo. Llegó junto a la puerta y golpeó con los nudillos.
- Oiga -dijo.
Del otro lado no contestaron. Golpeó otra vez, con más energía.
- Oiga -repitió.
El zapato se arrastró hasta que (supuso Juan) la pierna se estiró por completo, entreabriendo, de paso, la puerta. Juan miró con precaución por la abertura. Distinguió un pantalón oscuro, un trozo de camisa blanca (le pareció ver la tapa de un bolígrafo en el bolsillo), un trozo de corbata y la cabeza de un hombre inclinada hacia adelante.
- Oiga -insistió sin atreverse a abrir del todo la puerta.
El hombre no contestó. Juan miró el zapato que asomaba hacia afuera y retrocedió hacia los lavamanos. Dejó correr el agua pero a último momento decidió no mojarse la cara. Volvió a pararse frente a la puerta del último cubículo. Tomó el borde con la mano derecha y abrió. El hombre siguió inmóvil. Juan hizo un ademán de acercarse y tocarle el hombro pero desistió.
- ¿Está usted bien? -preguntó.
Miró al hombre durante algunos minutos. Era un sujeto joven, tal vez la misma edad que la suya, el pelo corto, la corbata apretada al cuello de la camisa. Un oficinista, pensó, o un ejecutivo. De vez en cuando se volvía hacia la entrada del baño, esperando a alguien, cualquier persona que apareciese en ese momento. Una esperanza vana, como siempre, pensó, pues según sus cálculos faltaba al menos media hora para el término de la función de la noche. Luego notó que no podía ver las manos del sujeto, pues estaban ocultas bajo una chaqueta que tenía doblada sobre las piernas. Al costado izquierdo del retrete distinguió el bulto de un maletín. Era un maletín viejo, raído en las esquinas. Estará borracho, se dijo mientras volvía a mirar hacia la entrada del baño. Pero nadie vino, como bien sabía que iba a suceder, y se armó de valor para avanzar hacia el sujeto y darle una leve sacudida en el hombro.
- Oiga -dijo. El hombre se movió apenas y luego de un instante su cabeza y todo el cuerpo se fueron hacia la derecha, hasta chocar contra el muro del cubículo. Juan dio un salto hacia atrás, confundido. Al mirar con atención vio una mancha oscura en la camisa del sujeto, a la altura del abdomen. La chaqueta se deslizó sobre el maletín y una de las manos quedó colgando al lado del cuerpo. Un líquido viscoso apareció en la base del retrete. Juan miraba con los ojos muy abiertos. Se quedó así mucho rato, con la espalda apoyada en el hueco que había entre un urinario y la pared, mirando al hombre, mirando el maletín, mirando la sangre que se había detenido justo en el barrote que delimitaba el cubículo. Coincidencias, se dijo, y al parecer repitió la palabra durante un largo tiempo -un tiempo sin nombre, el espejo roto que aparece donde menos se le espera- pues lo siguiente que escuchó fue el sonido de las puertas del cine que se abrían, el rumor de los pasos desahogando la sala, los comentarios, un muchacho que entraba en el baño y lo miraba con cara de sorpresa, otros hombres, muchos hombres, todos orinando y mirándolo, hasta que uno se acercó a dónde Juan estaba y miró -apenas un segundo, nada que pudiese importar- hacia el cubículo abierto y el cadáver y la sangre y gritó y Juan supo que eso era lo que faltaba para completar el cuadro.