Gastritis
se escapara
líquida
epifánica
eSTo No eS MáS Que uN TéMPaNo aTRaGaNTado
Eran otras las calles que solía recorrer, pero no por eso cejó en empeño a la hora de trazar cartografías -tristes esbozos- de los nuevos territorios: una librería, un trozo de plástico azul sobre la calle, una barbería con butacas de cuero y grandes espejos con los bordes carcomidos. Seguramente habían cucarachas, tal vez ratones. Pero cucarachas, claro, eso seguro. Se levantaba temprano para reconocer las trampas, las posibles salidas de emergencia en el caso. Porque había que ponerse en el caso, era lo más sensato, no siempre las cosas salen como uno quiere, se decía por las mañanas mientras luchaba por despertar del todo.
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Los chinos se habían instalado en la esquina sin ningún aspaviento. Primero llegó el chino alto y se puso a afinar una especie de violín con tres cuerdas. Estuvo durante un rato así, y alguna gente se puso a mirar. Se sentó, fumó un cigarro y luego volvió a la carga con el violín, tocando melodías y sonriendo a la gente que pasaba. Más tarde llegó otro chino, más pequeño y también más gordo. Mientras el chino alto tocaba, el pequeño sacó un flauta de bambú, ensalivó la boquilla y entró en la melodía que el chino alto tocaba desde hace rato como si nada. La gente se amontonó y seguramente ganaron buen dinero.
Ellos lo vieron todo desde el café.
- Esta ciudad está cada vez más extraña -dijo Alicia.
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La noche anterior había caído una lluvia torrencial sobre Buenos Aires, con relámpagos que atravesaban el cielo porteño y recortaban las siluetas de los edificios contra el cielo como un antiguo decorado de set hollywoodense.Etiquetas: Viajes
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claro, entonces aparecer por la puerta como si nada, la cara limpia por la lluvia y tal vez la luz de algún farol por ahí. y decir limpia era también decir clara, y con esto el mapa quedaba al descubierto y podía leerse como quién dice como un libro abierto aunque sin duda la cosa no es tan fácil y sin duda también hay que tener ciertas aptitudes cartográficas. el sujeto de pie en la puerta, de eso se trata; también de la lluvia que va quedando adherida a sus pasos, una huella invisible pero táctil, una especie de cicatriz escurridiza. el tipo entra y se queda de pie justo en el umbral, línea imaginaria como tantas, con una maleta en una mano y un paraguas en la otra y parece que espera. hay tantas cosas que esto puede decir, el simple hecho de escoger una maleta y no un girasol, un paraguas y no un cuchillo, que el sujeto entre y no salga, que sea una puerta y no una chimenea. pero a pesar de todo la elección no es excluyente sino que hace evidentes todas las posibilidades que no fueron, la lectura va siempre más allá, se mira con la esperanza de distinguir algo del mundo que sin duda hay más alla de la línea -y ya ves, uno ni se da cuenta y se le empiezan a colar, los límites como parte de la memoria universal- del horizonte.
y está también la espera de la lluvia, el mirar al cielo con una expectativa culpable. mirar ya implica ventana y vidrio y en caso primero implica ojos memoria recuerdos.
sentarse a veces a mirar las palabras dibujar espesos bosques sobre el papel.
no siempre lo que sabemos es verdad, y es mucho más posible que la verdad sea justamente eso que no sabemos.
la forma en que las ideas aparecen: un olor a damascos, la fachada de una casa, un viaje en bus. Primero aparece una especie de bolita en el cerebro, un coágulo indefinido que a veces tiene un ojo y a veces un ojo y una oreja.
primero el coágulo, luego una especie de definición vaga, como enfocar el objeto, entender sus direcciones, las líneas que se dibujan con más fuerza, los rincones ocultos. De ahí para adelante se puede deformar a antojo, eso da lo mismo: el coágulo es una cosa distinta a lo que tenemos después en la mano, un objeto no tan preciso pero sin duda más acotado, los límites más definidos pero inevitablemente uno que otro detalle inesperado, producto del azar o de una feliz causalidad.
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