
Mantuvo los ojos cerrados. Una brisa fresca le acariciaba el rostro. Se arropó con las sábanas y trató de imaginar la habitación: la ventana abierta, las cortinas sin correr apenas agitadas por la brisa, la cama desordenada, una de las puertas del armario -la que tenía el espejo de medio cuerpo- abierta, un poco de ropa esparcida por el piso, en el velador el libro de Jarry y un elefantito azul que había comprado la noche anterior. Sintió también un olor pero no logró precisar de qué se trataba.
Abrió los ojos. La habitación estaba a oscuras pero tal cual la había imaginado. Estiró el brazo hacia el velador, buscando el libro. Tropezó con el elefantito. Se sentó en la cama y observó el animal más de cerca. Era realmente pequeño, con grandes orejas y un orificio en el lomo. Puso la figura sobre el velador. Tomó el libro y lo abrió, pero no pudo leer nada. Dejó el libro sobre la cama y salió de la habitación.
Por la cantidad de luz que llenaba la casa seguramente era cerca de mediodía. Entrecerró los ojos y caminó por el pasillo hasta el baño. Se mojó la cara y se miró en el espejo. Hace tres días que no se afeitaba. Salió del baño, recorrió el pasillo de vuelta, paso frente al dormitorio y entró a la cocina. En el lavaplatos habían varios vasos sucios. Dudó unos segundos y tomó una taza. Abrió el refrigerador y sacó una caja de jugo de piña. Alcanzó para llenar la taza casi hasta el borde. Dejó la caja en el lavaplatos, sobre los vasos, y salió de la cocina.
- Hola -dijo al entrar al comedor.
El ventanal estaba abierto por completo y dejaba entrar una brisa suave. Sintió el mismo olor que en el dormitorio.
- Hola -dijo ella.
Llevaba puesta una bata blanca y permanecía sentada en una silla, mirando hacia afuera. Al saludar giró la cabeza y dejó ver sus ojos claros. Él busco otra silla y se sentó cerca de la mujer. Tomó un trago de jugo mientras la miraba.
- ¿Qué tomas? -preguntó ella de pronto.
- Jugo de piña -respondió él.
Ella miró la taza, extrañada.
- No habían vasos limpios -dijo él.
Ella sonrió. Ambos miraron hacia afuera. La brisa les revolvió el pelo.
- He sentido ese olor desde que desperté -dijo él sin dejar de mirar hacia afuera.
La mirada de la mujer se volvió hacia él.
- Son los aromos -dijo.
Él la miró como esperando alguna explicación. Ella no dijo nada más. Él tomó el último trago de jugo y dejó la taza sobre la mesa.
- Mira -dijo ella mientras se ponía de pie y caminaba hacia el ventanal.
Él la siguió. Salieron a la pequeña terraza y ella le indicó con el dedo colina abajo.
- Ah -dijo él.
El costado de la colina estaba teñido de amarillo. Incluso junto a la casa algunos árboles lucían pequeños racimos de flores amarillas que semejaban copos de nieve. Levantó la vista. Las nubes se movían muy rápido. Cerró los ojos y respiró profundamente. Tras el perfume de los aromos pudo distinguir el olor familiar de la tierra húmeda.
- No los había visto -dijo y abrió los ojos.
- Ocurrió anoche. Tal vez hoy en la mañana -dijo ella.
- ¿Así de rápido? -preguntó él.
Ella se encogió de hombros. Apoyó la espalda en el vidrio y cerró los ojos. Él la miró durante unos minutos y después observó los aromos al pie de la colina. Al interior de la casa sonó el teléfono. Ella abrió los ojos. Él continuaba mirando colina abajo. El teléfono volvió a sonar.
- ¿Siempre ocurre de este modo? -preguntó él.
- No estoy muy segura -respondió ella un tanto confundida.
El teléfono insistió.
- El teléfono está sonando -dijo ella.
Él cerró los ojos, respiró profundo y esbozó una sonrisa al oír el cuarto timbre del teléfono.
- Lo sé -dijo.
Ella lo miró, miró hacia el comedor e hizo el ademán de entrar. Finalmente se detuvo.
- ¿No lo vas a contestar? -preguntó.
Sonó el quinto timbre. Él abrió los ojos y se volvió hacia ella.
- No -dijo mientras pasaba junto a ella para entrar en el comedor.
Fue hasta la mesa, tomó la taza y se la llevó a la boca.
- No queda jugo -dijo.
No hubo un sexto timbre.
Ella estaba de pie junto al ventanal, en la terraza. Él estaba de pie también, con la mano izquierda sobre el respaldo de una silla y la taza vacía en la otra mano. Se miraron.
- ¿Sabes algo acerca de elefantes? -preguntó él.
Ella lo miró sorprendida.
- ¿Qué tipo de elefante tiene las orejas más grandes -insistió él-, el africano o el indio? ¿Lo sabes?
Ella guardo silencio un instante. Luego entró al comedor y miró hacia el piso.
- El africano, creo -dijo.
Él intentó sonreír. Dejó nuevamente la taza sobre la mesa y se acercó a ella, que ahora miraba hacia afuera a través del vidrio. Las nubes se movían cada vez más rápido y se amontonaban hacia el este.
- ¿No tienes frío? -preguntó él.
- Algo -asintió ella y trató de cerrar el ventanal.
- No lo hagas -dijo él.
Ella se volteó a mirarlo. Las nubes ya habían cubierto el sol y no pudo distinguir su rostro en la penumbra.
- Por los aromos -le oyó decir.
Le dio la impresión que el hombre estaba sonriendo y ella también lo hizo.